Fernando R. Beltrán Nieves

Otras razones de la emergencia de La democracia en México, o el por qué de la preocupación por el “desarrollo nacional”. Un ejercicio de sociología histórica en torno al liberalismo (II)

A mediados del decenio de 1960, según el sociólogo mexicano Pablo González Casanova, el problema de la democracia en México no podía ser abordado sin considerar las posibilidades de la integración nacional y, paralelamente, sin preocuparse por un modelo de “desarrollo nacional”. Si bien existían preocupaciones particulares al interior del propio proceso de democratización, en torno fundamentalmente a las luchas políticas para transformar las principales estructuras reales de poder, la preocupación anterior era impostergable, se situaba en las primeras líneas y, además, para aquélla época resultaba incluso de mayor importancia a niveles políticos, prácticos e intelectuales.

No cabe duda que para los años sesenta el tema del “desarrollo económico” venía teniendo una historia particular de análisis en México, fundamentalmente en términos económicos1. Las llamadas ventajas o los costos, las estrategias o los modelos, entre otros, formaron parte de los primeros pronunciamientos. Algunas ideas generalizadas, que incluso se encontraban ya en los lugares de la sociología mexicana, fueron las siguientes: el proyecto de la industrialización nacional, en el que residía la mayor parte del impulso al proceso de “desarrollo”, no podía considerarse panacea de los conflictos políticos y sociales; más que hablar del “desarrollo” de un país, se trataba de uno de zonas, de regiones o de sectores; más que hablar de beneficios sociales, se observaba que el “sector agrícola” era el más perjudicado. Asimismo, desde el punto vista sociológico, se observaban contradicciones como la destrucción de sistemas de valores tradicionales, la creciente pauperización o la agudización de conflictos entre sectores o grupos2. Por otra parte, algunas de sus principales resistencias se ubicaban en la creciente “desconexión” de los ámbitos urbanos de los rurales, la creciente desigualdad en la distribución del ingreso y en la estratificación, así como el rezago administrativo con respecto a la “capitalización”3. De esta forma, la política económica resultaba un componente indispensable para llevar acabo los ajustes y resultaba, también, un tema de análisis irrenunciable. Además, si bien se sabía que las “estructuras políticas” podían favorecer o desfavorecer al proceso, no había todavía suma claridad al respecto4, si bien hago aquí a un lado la tesis principal de La democracia en México. Pero buena parte de todas estas posturas, en el fondo, mantenían la creencia o la expectativa en la viabilidad del proceso de “desarrollo”, sujeto a mejorías a través de incentivos, ajustes, impulsos, componendas, reformulaciones y hasta residía también en la “buena voluntad” de los administradores-políticos del momento.

Es bien sabido que las primeras preocupaciones en torno al “desarrollo” así como sus primeras teorizaciones tuvieron lugar en los Estados Unidos, fundamentalmente en el tiempo de la segunda posguerra, caracterizándose por situar al problema en la “tradicional cantaleta neoclásica”: abrir las fronteras económicas, permitir las inversiones extranjeras, crear la infraestructura necesaria para el desarrollo del capital, concentrarse en las actividades para los cuales los países tenían “ventajas comparativas”5, entre otras. Algunas otras voces que se distanciaron de esa “cantaleta” y que se posicionaron en una perspectiva más pragmática, dentro de ese mismo país, fueron P. Rosenstein-Rodan, W. W. Rostow y A. Hirschman6, entre otros.

Sin embargo, en poco tiempo surgieron planteamientos latinoamericanos que discutieron esas primeras teorizaciones. Es bien sabido que en un primer momento las producciones de la Comisión Económica para América Latina bajo la dirección del economista argentino, Raúl Prebisch, principalmente a fines de los años cuarenta y durante los años cincuenta, así como las posteriores modificaciones, ampliaciones o reformulaciones que se dieron, en algunas posturas con claras orientaciones marxistas, no sólo ofrecieron una perspectiva en contra de lo que se estaba diciendo en Estados Unidos sino que crearon una serie de tesis de las más plausibles que se expusieron hasta bien entrados los años setenta. Tesis con implicaciones significativas para la reconformación de la sociología en particular y de las ciencias sociales en general, en por lo menos toda la región latinoamericana7.

No cabe duda que se trató de un periodo, por muchos señalado, de los más lúcidos que haya experimentado la región. Pero una historia particular en torno a esos análisis, sus supuestos, sus aportes, sus diagnósticos, sus rupturas o sus continuidades, en los tiempos más actuales, trascienden por mucho los intereses de este ensayo. Me parece, sin embargo, que la discusión nacional que estaba teniendo lugar en esos años y en los que siguieron, no pudo dejar de referirse, directa o indirectamente, a esos análisis de exclusivo origen latinoamericano, tanto más para aquellos pronunciamientos que se posicionaron en un análisis crítico o marxista, interconectado a la vez los puntos de vista de la sociología, la ciencia política y la ciencia económica. No sería difícil demostrar, por ejemplo, que la obra La democracia en México de González Casanova estaba dando pasos significativos al respecto, en el ámbito de la sociología del país.

No es el interés aquí, entonces, una historia particular sobre los “estudios cepalinos” o sobre las versiones de la llamada “teoría de la dependencia” que surgieron después de ellos. Resulta conveniente exponer que el problema del “desarrollo” entró en la preocupación regional y mundial debido a que el Tercer Mundo, nombrado así por primera vez por el historiador Alfred Sauvy, reivindicó las dos creencias colectivas que habían dado lugar a las luchas políticas y sociales más importantes en Europa a lo largo de todo el siglo XIX (entre los países que se incluyen están Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda): la fe en el “progreso” o la aceptación de la “normalidad del cambio”, incluso el político, y la creencia en la “soberanía popular”8.

Dado que al término de la revolución francesa de 1789 emergieron estas transformaciones, históricamente irreversibles, en la mentalidad colectiva de los principales países capitalistas del siglo XIX, el liberalismo fue la estrategia política triunfante para encarar, a largo plazo, estas nuevas creencias y, sobre todo, amenazas al status quo tradicional ya que apostaba a la reforma consciente y racional con expectativa de perfeccionamiento inevitable del cuerpo político y de la sociedad en general. Estas emergencias constituyeron las principales transformaciones que se originaron al término de la revolución francesa, la cual marca el inicio del liberalismo como ideología política importante y como inicio de la “geocultura” del sistema moderno mundial. Además del surgimiento de las ideologías, las ciencias sociales y los movimientos antisistémicos fueron éstas dos otras instituciones mundiales creadas al término de esa revolución9. El programa del liberalismo, según los países, fue aplicado a diferentes ritmos y en diferentes momentos, y se compuso esencialmente de un ofrecimiento de concesiones de estricto carácter reformista.

De tal suerte, se esbozará aquí un breve ejercicio de sociología histórica en torno del liberalismo para ofrecer otras razones al respecto del por qué esta preocupación por el “desarrollo” marcó la principal inquietud no sólo intelectual sino política y práctica, a niveles mundiales, en el tiempo de la segunda posguerra hasta bien entrado el decenio de 1980 y, sobre todo, para ofrecer otras razones del por qué el problema del “desarrollo” resultaba fundamental para pronunciarse en serio en torno a la democracia en México, como lo apostó la primera sociología del fenómeno: la obra La democracia en México del sociólogo mexicano Pablo González Casanova. Otra manera de decir lo mismo es el intento de respuesta a la siguiente cuestión: ¿La principal hipótesis de esa obra fue tan original si se considera una perspectiva de largo aliento temporal y espacial?

En la práctica política real de los principales países europeos capitalistas, desde el término de la revolución francesa de 1789 hasta bien entrado el siglo XX, las estrategias políticas tanto del conservadurismo como del socialismo no existieron de manera nítida o mutuamente excluyentes, sino que confluyeron con el liberalismo. “Por supuesto una afirmación de este tipo debe ser detallada en términos históricos. El periodo 1789-1848 destaca como una gran lucha ideológica entre un conservadurismo que por último fracasó en el intento de alcanzar una forma acabada y un liberalismo en busca de la hegemonía cultural. El periodo 1848-1914 (1917) aparece como un periodo en el que el liberalismo dominó el escenario sin oposición seria, mientras el marxismo estaba tratando de construir una ideología socialista como polo independiente sin lograrlo del todo. Entonces podríamos sostener (y esta afirmación sería la más polémica) que el periodo 1917-1968 (o 1989) representó la apoteosis del liberalismo en el nivel mundial. Desde este punto de vista el leninismo, a pesar de su pretensión de ser una ideología violentamente opuesta al liberalismo, en realidad estaba siendo uno de sus avatares” 10.

De tal manera, el liberalismo fue configurándose en la práctica como un compuesto más que una ideología con mayúscula, por ejemplo como “liberalismo-conservador” o “liberalismo-socialista”. El conservadurismo así como el socialismo fueron adjuntos al liberalismo, más que opositores, porque ambos encontraron respuestas a sus programas políticos principales. El primero porque necesitaba frenar la movilización y las exigencias revolucionarias de las llamadas clases peligrosas, así como mantener los elementos esenciales del privilegio y de la desigualdad; y el segundo porque necesitaba la organización de esas clases, reducir el hostigamiento y la represión, así como no eliminar la esperanza y la expectativa de cambios más profundos posteriormente. Una conclusión al respecto es que las promesas liberales fueron llevadas a cabo más por sus supuestos oponentes que por los propios “liberales-liberales”11, los cuales pronto dejarían de existir, en tanto organizaciones políticas, porque todos los partidos eran de hecho y de fondo partidos liberales12.

Los grupos gobernantes y los sectores privilegiados se enfrentaron al dilema de cómo manejar las presiones sociales a fin de minimizar los trastornos, las perturbaciones y el cambio mismo. El origen del liberalismo residió en cómo realizar, administrar y controlar los cambios permitidos o, cuando era inevitable, las modificaciones demandadas y exigidas por parte de las “clases peligrosas”: el creciente proletariado industrial, los campesinos desplazados, los artesanos pauperizados, los marginales, los inmigrantes, entre otros. El liberalismo, sin embargo, fue variando más bien en cómo responder a la nueva lógica social: de manera algo esquemática podría postularse que la posición conservadora apelaba al menor cambio posible, sólo cuando el costo social y político de no hacerlo traería mayores consecuencias; el cambio, además, debía llevarse al ritmo más lento permitido. La postura liberal se caracterizaba por la exigencia en la administración planeada del cambio, dependiente sobre todo de la voluntad y capacidad de los especialistas; postulaba también un ritmo “adecuado” del cambio. Y la socialista propugnaba por el ritmo más rápido posible y con la mayor fuerza popular probable.

Pero la apuesta por el cambio político administrado, racional o planeado, supeditado en buena parte a la iniciativa y a la voluntad de los “especialistas” o los “sabios”, se convirtió en una de sus mayores propiedades; además, el lugar que ocupó la “presión popular controlada” fue otro componente fundamental de la estrategia política liberal. “[E]l liberalismo como ideología dependía de una visión ‘iluminada’ …de los intereses de los estratos más altos. Esto a su vez dependía de una presión de fuerzas populares que fuese a la vez fuerte y controlada en su forma. Esa presión controlada por su parte dependía de la credibilidad del proceso para las capas más bajas. Todo está entrelazado: si se pierde credibilidad se pierde la presión en forma controlada. Si se pierde la presión en forma controlada, se pierde la disposición de los estratos superiores a hacer concesiones”13.

En relación con esa apuesta de entrelazamiento, la necesidad del conocimiento profundo de la sociedad y el anhelo de la certeza de su aplicación en los asuntos humanos, en las relaciones sociales y en los asuntos de gobierno, fue evidente para la ideología liberal. La estrategia del liberalismo reclamaba la necesidad de dominar la dominación en tanto las decisiones de cambio social, de carácter reformista más que transformaciones profundas, debían ser producto de un cuidadoso análisis racional. En este sentido, las ciencias sociales fueron absolutamente indispensables para la empresa liberal. Se sostiene, por ejemplo, que “…el liberalismo y la ciencia social se basaban en la misma premisa: la certeza de la perfectibilidad humana con base en la capacidad de manipular las relaciones sociales, a condición de que eso se hiciera en forma científica (es decir, racionalmente)”14.

Una necesidad de la que no se podía dispensar, se argumentaba, pero de la que dudaban ni más ni menos que Auguste Comte o Gaetano Mosca. Desde finales del siglo XIX, éste último señaló que si bien la ciencia política dependía de los esfuerzos de un sector privilegiado de la población, cuyas características eran ciertas aptitudes y una especial educación intelectual, afirmó también que resultaba muy problemático que sus avances científicos ya no determinarían la política de las sociedades modernas, sino que ni siquiera la llegarían a modificar15. Incluso Auguste Comte que en sus primeros ensayos de inicios del siglo XIX aspiró al “ejercicio científico de la política”, por medio básicamente de la práctica de los “sabios”16, reivindicaba que el “poder espiritual” era tan imprescindible como el “poder temporal” para cualquier sociedad moderna; pero en algún momento de la exposición de marzo de 1826, reconoció incluso la trascendencia del primero17, en donde los “sabios” se veían todavía más implicados. De tal suerte, el poder de la razón circularía más a través del “poder espiritual” que por medio de la acción de gobierno, el poder temporal.

Ahora bien, la emergencia de las creencias en el “progreso” o la normalidad del cambio, incluso el político, y en la “soberanía popular” se tradujeron sustancialmente en la exigencia, de un lado, de la apropiación de una parte significativa de la plusvalía producida y, de otro, de la participación política en la toma de decisiones. Se trataba, en una palabra, de la demanda de integración de las clases desfavorecidas en los beneficios del sistema capitalista. Así, a partir de un triple programa constituido por el sufragio popular, el llamado estado de bienestar o redistribución y la creación de la identidad nacional, los “liberales” de occidente, junto con las clases privilegiadas, pudieron reducir significativamente la amenaza de las “clases peligrosas” en Europa, durante el siglo XIX, sin mermar sus privilegios en la riqueza así como en el poder político y, sobre todo, sin modificar seriamente la viabilidad del capitalismo. Para 1914, en Europa, las pautas del sufragio universal (aunque concentrado en los hombres), de la identidad nacional y del estado de bienestar ya estaban instauradas, si bien no plenamente desarrolladas18.

Es indudable que la serie de concesiones arrancadas a las clases dominantes de Europa no llegaron a un punto de afectar seriamente las condiciones sociales en las que sustentaban su poder y privilegio. No cabe duda que el liberalismo respondía al control y al resguardo del funcionamiento del sistema capitalista. Según las condiciones y, fundamentalmente, el estado de las relaciones de fuerza entre las clases o las fracciones de clase, se podía ofertar ciertas mejorías o ciertas profundizaciones en el programa ofertado, sin mermar no obstante el desarrollo cotidiano de la producción de plusvalor en beneficio directo de los capitalistas, estadistas, clases acomodadas y dominantes en general. La racionalidad del poder fue una parte significativa para llevar el programa liberal adelante. Mezclaba el oficio de la negociación racional, con objetivos únicos de carácter reformista, y utilizaba a la vez mecanismos de exclusión eficaces. La meritocracia, por ejemplo, fue el fenómeno emergente de mayor claridad al respecto.

La meritocracia no fue otra cosa que recompensar al poder de la racionalidad y se llevaba a cabo por medio del reconocimiento de cuadros “preparados” en relación a todas las cuestiones posibles: desde las más técnicas hasta las del arte de la concertación política. Pero si bien apelaba, reconocía y recompensaba la posición de los más preparados cuyas deliberaciones o tomas de decisión racionales supuestamente determinarían, en último caso, el rumbo más adecuado de las acciones, en el fondo ocultaba un mecanismo claro de exclusión: el referente al acceso a la educación, por medio de la cual se podía obtener el reconocimiento colectivo del status de preparado19. Es decir, ¿quiénes eran los que objetivamente podían aprobar un examen de ingreso a o egreso de las instituciones de educación, si bien los exámenes están abiertos a todos? Las menores posibilidades de “éxito educativo”, como lo ha demostrado en algunas oportunidades la sociología20, las tienen los sectores sociales que están alejados y distanciados de esas instituciones o los que no cuentan con las habilidades para moverse profunda o ascendentemente en ellas: la gran mayoría de la población de cualquier sociedad; mayoría que pertenece objetivamente a las llamadas clases peligrosas.

Además, el liberalismo contó al menos con otros dos mecanismos de exclusión: el racismo y el sexismo. Se debe de hablar de exclusión relativa en realidad puesto que el sistema capitalista necesitaba, sin lugar a dudas, de la inclusión de trabajadores tratando a la vez de reducir, lo más posible, los costos económicos y políticos de su inclusión. El racismo fue un mecanismo tan recurrente como la racionalidad del poder para mantener a una mayoría en condiciones de marginalidad, dicho más precisamente, sin verdaderos riesgos a la acumulación de capital mundial21. En Europa occidental y Norteamérica residió en incorporar al creciente proletariado industrial y concentrarse en la primacía del hombre blanco. En el resto de los llamados países periféricos, posteriormente, se mantuvo el patrón definido en relación con sectores del emergente proletariado, pero no hubo uno en términos del grupo étnico-lingüístico, aunque dirigía en general el criterio paneuropeo y dependía más precisamente de la posición dominante de aquellos otros grupos. El racismo se mezcló evidentemente con la identidad nacional, cuyo efecto más importante fue la inviabilidad de un proyecto de lucha mundial a favor de las “clases peligrosas”; tal mecanismo de dominación funcionó también al interior de cada país para mantener la exclusión de la mayor parte de los grupos peor posicionados en la “escala social”. Quienes se vieron beneficiados por su integración, legitimaron las estructuras elementales de la acumulación de capital, así como, sobre todo, permitieron su viabilidad.

Uno de los refuerzos de la exclusión en cada país se dio por medio de la desvaloración del trabajo doméstico y femenino, así como de ciertos grupos de edad. El sexismo permitió, en efecto, la desvaloración de la mayor parte de la población de la fuerza de los trabajadores, concentrando la valoración y, por tanto, ciertos beneficios en la fuerza masculina de un cierto rango de edad y de tez blanca. Una gran exclusión de grupos de edad y de las mujeres hizo posible la reducción de la demanda de apropiación del plusvalor producido y de participación política en cierta toma de decisiones22.

El resultado político del liberalismo en el capitalismo mundial fue el haber desarrollado un mecanismo de domesticación de las clases peligrosas o, dicho en otras palabras, haber desarrollado una estrategia para su integración, siempre parcial, pero dejando la expectativa de consolidarse cada vez más, funcionando al fin de cuentas como una estrategia estabilizadora al sistema. En el periodo que corrió de 1848 a 1914 se llevó a cabo en los principales países capitalistas, en donde el sufragio popular, la identidad nacional y el estado de bienestar dieron resultados. Cuando las creencias revolucionarias emanadas de la revolución francesa de finales del siglo XVIII trascendieron los límites de Europa, entrado el siglo XX, cuyo apogeo fue al término de la segunda posguerra, el programa liberal, reconformado de “wilsonismo” y de “leninismo”23, fue ofertado, no sin regañadientes, para buena parte de las clases peligrosas del resto del mundo. La llamada “autodeterminación de las naciones” y el “desarrollo (económico) nacional” fueron las mutaciones del programa original, obteniendo resultados hasta el periodo 1968-1989. Así, de manera general, en el periodo que corre de 1914-1917 a 1968-1989 se trató, en síntesis, del mismo proceso de “domesticación” pero dirigido ahora a buena parte de las clases peligrosas del resto de los países “más atrasados” en términos capitalistas, en donde el programa de concesiones fue aceptado o se recompensó colectivamente, calmando las exigencias de integración por parte de las clases desfavorecidas en la distribución de los beneficios del sistema mundial.

Ahora bien, el periodo 1968-1989, en referencia al agotamiento de la estrategia liberal a nivel mundial, significó lo siguiente, en términos breves y generales. La revolución planetaria de 1968 combatió fundamentalmente lo que se nombró la “vieja izquierda”, la cual estuvo compuesta de movimientos socialdemócratas o comunistas, para el caso de las zonas céntricas o semiperiféricas, así como de movimientos de liberación nacional o movimientos populistas, para el caso de las zonas periféricas; todos ellos en el poder estatal de sus respectivos países, cuyo apogeo comenzó a partir del año de 1945. Sin duda fueron varios frentes de combate, pero el hecho de que en el fondo de estos viejos movimientos antisistémicos les circulara la estrategia liberal, 1968 significó el primer gran golpe a la credibilidad y a la viabilidad de esta estrategia política a nivel mundial. El descrédito que les ocasionó 1968 fue evidenciar su fracaso en torno al cumplimiento de la expectativa de cambios realmente profundos en beneficio de la mayor parte de los sectores desfavorecidos, es decir, se evidenció su colusión con las fuerzas del status quo. Wallerstein lo nombró el no haber transformado al mundo24.

A partir del decenio de 1970, terminados los trente ans glorieux, el capitalismo entró en un periodo llamado comúnmente de contracción o desaceleración, conocido también como un ciclo de descenso Kondratiev. “Esos ciclos-B están caracterizados por funciones estándar: el crecimiento global de las tasas de desempleo y un ataque general en los niveles de sueldo; el desplazamiento de las que en su momento fueron las industrias principales y que ya no son tan provechosas a estados semi-periféricos (los cuales declaran estar ‘en desarrollo’); el desplazamiento del capital de inversión por el capital que busca sus beneficios en el área financiera; los intentos de reducir los costes atacando las presiones gubernamentales que internalizan dichos costes (con el fin de proteger al medioambiente) y buscando la reducción de impuestos al rebajar las protecciones del estado de bienestar. Todo esto, naturalmente, ha ocurrido desde los años setenta y todavía continúa. Al discurso conceptual que acompaña a estos resultados políticos le hemos venido llamando ‘neoliberalismo’ ”25. Sin embargo, a decir del sociólogo estadounidense, visto con mayor profundidad, a principios de los años setenta comenzó más bien la única crisis real del capitalismo26. El comienzo de una fase B o de descenso de un ciclo Kondratiev significó para los países periféricos, entre otras, una mayor extracción de plusvalor producido, un debilitamiento del sector público, particularmente su estructura fiscal, un endeudamiento cada vez más insostenible, tasas de desempleo altísimas, reducción de los salarios y, en pocas palabras, significó en gran medida la imposibilidad de continuar sus procesos de fortalecimiento como países “soberanos”, de por sí tambaleantes y débiles, como la política de industrialización. Paralelamente, significó la cancelación de cualquier expectativa de integración de la mayor parte de sus “clases peligrosas”. Ante una situación así, el continuo de los programas de reforma se hicieron cada vez más inviables y todas las expectativas puestas en los viejos movimientos antisistémicos dieron al traste, de por sí trastocadas por la revolución planetaria de 196827.

1989 significó el llamado derrumbe del socialismo real, aunque no fue sino hasta el año de 1991 cuando la URSS y su bloque desaparecieron formalmente, si bien hoy día todavía existen países cuyo poder estatal lo mantiene el partido comunista. Con este derrumbe también se levantaron voces que no dudaron en proclamar, muy apresuradamente, la muerte del pensamiento socialista o marxista y de todo su legado no sólo político sino también teórico. Sin embargo, visto en una perspectiva de largo aliento temporal, lo que realmente se derrumbó fue una versión del liberalismo, uno de sus avatares, contribuyendo con ello al descrédito de su estrategia política y a la abrumadora fuerza de las esperanzas que traía consigo. Si la URSS había fracasado finalmente en la expectativa de “alcanzar” a los principales países capitalistas (por no decir destruir), ¿qué resultado diferente cabía esperar del resto de los países que creyeron y echaron a andar una similar estrategia? 1989 evidenciaría de manera más clara lo que había denunciado 1968 y lo que estaba significando el fracaso económico del resto de los países periféricos, los cuales, para ese decenio, habían cerrado las puertas a su estrategia de “desarrollo” de antaño y habían sido obligados a sujetarse a una lógica económica más desigual, polarizadora, en detrimento de lo que alguna vez se nombraron los mercados nacionales y en claro beneficio a la acumulación de capital28.

Visto en una perspectiva histórica de larga duración, como sugirió el historiador francés Fernand Braudel, todas las teorías, las políticas, las “recomendaciones” o los modelos que se exportaron de los Estados Unidos a todas las periferias de su alcance (las que se adhirieron al polo “socialista” siguieron la oferta leninista, sólo retóricamente distinta29), tenían en el fondo “problematizar” el ofrecimiento de un programa liberal de concesiones. Sin embargo, los estudiosos latinoamericanos casi inmediatamente se encargaron de señalar obstáculos o límites al programa, manteniendo no obstante la creencia en ciertas posibilidades a condición de que se aplicaran las políticas estatales correctas, las cuales podían ser variables y sobre las que se discutió ampliamente durante décadas.

Con el paso del tiempo, principalmente durante los años sesenta y setenta del siglo anterior, las tesis del desarrollo del “subdesarrollo” así como la de “dependencia”, al interior como al exterior, y no sólo en referencia al mercado30 (al menos para el caso latinoamericano), tratarían de precisar las explicaciones sobre las condiciones siempre adversas para un “despegue” autónomo o relativamente autónomo en términos capitalistas. Las tesis hacían énfasis fundamentalmente en que las relaciones de dominación y de explotación que mantenían precisamente las zonas capitalistamente desarrolladas sobre los países que recién lo intentaban o que lo estaban intentando, hacían realmente inviable un desarrollo capitalista normal. Sin embargo, el hecho mismo de mantener como principal orden del día al problema del “desarrollo económico nacional” durante todo ese tiempo, evidenciaba el mantenimiento de la fe. La situación de los países latinoamericanos durante ese veinteno, es decir en el periodo señalado por Wallerstein de entre 1968 y 1989, ofreció excelentes razones para dar por concluido, al menos en buena parte, la preocupación pandémica por el “desarrollo” o, dicho en otras palabras, para contribuir al descrédito de la viabilidad y de la legitimidad de la oferta liberal a nivel planetario. No sólo se trató de la evidencia sobre la polarización, en constante aumento, entre los países latinoamericanos y los plenamente capitalistas a lo largo de esos decenios (polarización creciente, por supuesto, al interior de los países y reconfigurándose cada vez más en términos de clase que en términos geográficos). Como ya apunté anteriormente, la revolución planetaria de 1968, la contracción del capitalismo a principios del decenio de 1970 (la cual aún no termina) y el fracaso de los países llamados socialistas, significaron dar al traste, en muy buena medida, no sólo con una de las ofertas del programa de concesiones, sino con la estrategia política en que se fundamentaba.

De manera lógica se desprenden por lo menos dos conclusiones de lo anterior. El problema del “desarrollo” sin duda iba más allá de una problemática económica, fundamentalmente pensada en términos de distribución eficiente y más equitativa de los ingresos, un tema por sí mismo de mucha tradición. Pero si uno considera la posición desfavorable y marginal del llamado Tercer Mundo en el sistema interestatal hasta antes de 1945, la preocupación por el “desarrollo” formó parte del principal proceso de fortalecimiento de sus estructuras estatales, incrementándose con la reivindicación del principio de soberanía popular o de autodeterminación. Unas luchas políticas configuradas a partir de la “presión popular” así como de la concesión estratégica o planeada. A nivel interestatal, esta preocupación por el “desarrollo”, sin duda, traía consigo un proceso de democratización, aunque en el fondo se mantenía limitado, era más bien parcial y cada vez más excluyente de la mayoría de la población de los países, pero su reclamo comenzaba a ser planetario. La cuestión al interior de los países residía precisamente en saber quién era el pueblo y en determinar en quién residían los beneficios producidos por los modelos puestos en práctica para su “desarrollo”.

En este sentido, resulta significativo que una obra como La democracia en México haya abordado estas principales circunstancias para el caso mexicano, además de señalar los principales frentes de combate para lograr una mayor integración de la mayor parte de los sectores; empresa posible a partir de una estrategia de “desarrollo” reformulada. Dicho en otras palabras, si bien estas preocupaciones de “desarrollo” o de “integración”, de carácter fuertemente político, se encontraban en el ambiente de casi todos los países periféricos, la aclaración intelectual del problema no era una práctica común. Esa preocupación, esa demanda o ese anhelo se constituía casi en sentido común. Sin embargo, si se considera el estado y la intensidad de las demandas en torno a la integración de la mayoría de los países a los beneficios del sistema capitalista así como en torno a la integración de los beneficios al interior de cada uno de ellos, una apuesta como La democracia en México no resultaba novedosa ni mucho menos. Sí resulta significativo, nuevamente es de mención, que haya tratado esas problemáticas, de manera lúcida y argumentativa, científica en una palabra, según los recursos disponibles en ese entonces.

No obstante la serie de contribuciones políticas y sociales, a diferentes niveles, que ofrecían los modelos para la mayor parte de los sectores o para las clases peligrosas de los países periféricos, la preocupación por el “desarrollo” consistió más en calmar las exigencias de integración, ofrecer beneficios a determinados sectores (privilegiados y minoritarios) y, al fin de cuentas, en aplazar transformaciones de fondo. La preocupación por el “desarrollo”, como se ha dicho, formaba parte de una oferta de exclusivo carácter reformista, más inspirada o concentrada en su efecto domesticador que en su carácter “transformador del mundo”, en detrimento de los sectores peor posicionados. En su momento, calmó la mayor parte de las exigencias provenientes de varios grupos, no de todos, y sobre su trayectoria estuvieron depositadas casi el total de las esperanzas de mejorar las condiciones materiales y culturales de la mayoría de la población de los países, dando resultados hasta el periodo 1968-1989.

Si es en éste periodo en donde encontramos los principales indicios de desengaño, fractura, pérdida de credibilidad y declive en la estrategia de “desarrollo” y, sobre todo, en sus efectos democratizadores, lo que deberíamos esperar es que en el ámbito de la sociología del país (aunque también en otras ciencias sociales y de otros países) se haya realizado una reconfiguración del análisis de la democracia. Es esta conjetura la que invita otro posicionamiento por nuestra parte. Un ejercicio histórico, por ejemplo, en torno a la emergencia (rupturas, continuidades, etc.) de ciertos problemas sobre la democracia en el espacio de la sociología mexicana parece más que pertinente.

Esta mirada de larga duración permite conjeturar, sin embargo, que una hipótesis como la expuesta en La democracia en México no podía permanecer por mucho tiempo sin precisiones, rupturas, quiebres o con ciertas continuidades, dado que, por ejemplo, 1968 estaba sólo a tres años posteriores a la publicación y, para el caso mexicano, 1982 no significó otra cosa, al menos en buena parte, que los efectos directos de la contracción del capitalismo a lo largo de todo el decenio de 1970 y, por lo tanto, un impedimento, cada vez mayor, para aceptar y poner en práctica cualquier medida que pretendiese profundizar en las estrategias de “integración nacional”.

En este ensayo se ha intentado ofrecer otras razones sociales, de un carácter más allá del nacional y con una perspectiva de largo aliento temporal, a cerca de la emergencia de una hipótesis como la sostenida en La democracia en México. ¿Por qué el sociólogo mexicano había considerado al proceso de “desarrollo nacional” un incentivo primerísimo y un proceso consustancial al fenómeno democrático? Incluso, como bien se sabe, tal problema del “desarrollo”, para los años en que se redactaba la obra, se constituía, todavía, de mayor importancia a niveles intelectuales, prácticos y políticos. Esas razones se ofrecieron considerando una propuesta de sociología histórica en torno al liberalismo cuya autoría más importante la encontré en ciertos ensayos del renombrado sociólogo estadounidense, Immanuel Wallerstein.

En efecto, al término de la segunda posguerra hasta bien entrado el decenio de 1970, según los ensayos consultados, el problema del “desarrollo económico nacional” se había constituido en la primera demanda de los países llamados del Tercer Mundo, incluso del llamado “bloque socialista”, aunque con una retórica distinta. Tal obsesión por el “desarrollo” no sólo implicó una reivindicación con respecto al sistema interestatal, en búsqueda y realización de autodeterminación o soberanía nacional, sino también suponía una oferta en términos de integración de las llamadas clases peligrosas al interior de los países. Políticos, burócratas, empresarios, partidos políticos, movimientos sociales, grupos opositores, así como portavoces e intelectuales mantuvieron y propagaron la fe en esas demandas, constituidas en programa, a condición de que se tomaran las medidas adecuadas y convenientes, sobre las que se discutió amplia y variadamente durante décadas (en gran medida en torno a políticas de industrialización, de planeación y de capitalización). Hay que decir que para el caso de la academia latinoamericana, particularmente las ciencias sociales, los estudios de la CEPAL así como los trabajos de la llamada “teoría de la dependencia”, que posteriormente surgieron a los primeros, fueron de lo más significativo al respecto, sin bien no fue aquí la intención considerarlos.

Lo más importante de haber recurrido a la sociología histórica propuesta por Wallerstein se encuentra en los siguientes términos. (1) La importancia desmesurada que adquirió el “desarrollo nacional” puede entenderse en buena parte si lo concebimos como una estrategia política reformista, si lo relacionamos como parte del liberalismo en un punto específico de su transcurrir. (2) La preocupación por el “desarrollo” no fue sino una parte de una mutación del programa liberal original, el cual fue creado para estabilizar y legitimar, en un periodo específico de su historia y adecuada a los tiempos, al sistema capitalista. El programa circulaba por tres vías principales: otorgamiento y respeto al sufragio, estado de bienestar o redistribución e identidad nacional. Retóricamente proclamaba su universalidad pero fue tan universal como aquella el diseño y la puesta en práctica de mecanismos objetivos de exclusión. Fue un programa creado para responder, de manera segmentada, a las demandas de apropiación del plusvalor producido así como de participación en las tomas de decisión política. Un programa diseñado para domesticar a las clases peligrosas de la Europa del siglo XIX, las cuales se habían dado a conocer fuertemente con la revolución francesa de 1789. La adecuación de la que participaba la preocupación por el “desarrollo”, además de su complemento con la demanda de autodeterminación de las naciones, consideraba ahora a todas las clases peligrosas del resto de los países, principalmente los periféricos. (3) En el fondo de la preocupación por el “desarrollo nacional” se encontraba, entonces, una estrategia para la integración del Tercer Mundo al sistema interestatal y, al interior de él, una para domesticar a sus clases peligrosas. Sin embargo, la integración fue siempre parcial y cada vez más excluyente, sin que los costos políticos y económicos de la estrategia arriesgara la viabilidad de la acumulación mundial de capital. (4) La preocupación por el “desarrollo”, en particular, y la reformulación del programa liberal a escala planetaria, en general, ofrecieron ciertos beneficios a ciertos sectores (minoritarios y privilegiados), calmaron ciertamente las expectativas de cambios profundos y calmaron las demandas de integración, pero sólo hasta el periodo 1968-1989. (5) La preocupación por el “desarrollo” así como por los modelos o las políticas reales para llevarlo a cabo incentivaron ciertamente un proceso de democratización, pero limitado desde su origen y cada vez más a grupos reducidos. (6) La sociología histórica estudiada ofreció otra perspectiva para explicar el surgimiento y el contenido de la tesis principal sostenida por González Casanova. Con esa interpretación en la mano, se obtuvieron otras razones sociales en torno a su producción y a su apuesta sociológica, complementando las señaladas en términos nacionales. Y (7) una respuesta objetiva a la interrogante de hasta dónde se cumplían las ofertas reales del programa, durante todo este periodo de recompensas, no fue común, de tal manera que resultó significativo encontrar que la obra haya abordado precisamente esa cuestión y haya ofrecido un diagnóstico para el caso mexicano.

Diferentes procesos mundiales que tuvieron lugar en el periodo 1968-1989, comentados muy brevemente, ofrecieron razones importantes para argumentar a favor de que no sólo la preocupación pandémica por el “desarrollo” estaba desacreditada, sino el programa liberal en su totalidad. Estos procesos, que fueron ciertamente revolucionarios, necesariamente tenían que influir en espacios como los culturales, siendo de mi interés el caso de la sociología mexicana; dicho más precisamente, los trabajos de sociología política posteriores a La democracia en México.

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Notas

1 El análisis económico estaba abordando el tema del “desarrollo” en México desde por lo menos al término de la segunda guerra mundial. Se trataba de trabajos que provinieron del ámbito académico, como de la entonces Escuela Nacional de Economía de la UNAM, de revistas especializadas o de trabajos estadounidenses, así como del ámbito gubernamental, sobre todo a nivel regional o latinoamericano. Véase, por ejemplo, la bibliografía que hace Hugo Castro Aranda en donde se observa que desde esos años comenzaron los análisis: “Bibliografía fundamental para la sociología en México”, en Revista de Ciencias Políticas y Sociales, México, ENCPS, UNAM, año XII, núms. 45-46, jul-sep / oct-dic, 1966, pp. 209-319. Sin embargo, las relaciones que mantenía este proceso con las estructuras reales de poder estuvieron fuera de las preocupaciones de esos análisis. La posibilidad de que el análisis económico transcendiera sus supuestos y utilizara “categorías políticas”, viendo al problema del “desarrollo” también como un fenómeno político, se concibió para principios del decenio de 1960. Véase, por ejemplo, Pablo González Casanova, “México: desarrollo y  subdesarrollo”, en Desarrollo Económico, Argentina, Instituto de Desarrollo Económico y Social, Número Especial sobre América Latina (I), vol. 3, abril-septiembre, 1962, p. 285.
2 Cf. Irving Louis Horowitz, “Dilemas y decisiones en el desarrollo social”, en Revista de Ciencias Políticas y Sociales, México, ENCPS, UNAM, año XII, núm. 43-44, enero-marzo / abril-junio, 1966, pp. 29-56.
3 Cf. Horacio Labastida, “Los factores sociales y la industrialización en México”, en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, México, FCPS, UNAM, año XVI, núm. 61, julio-septiembre, 1970, pp. 393-411.
4 Cf. Fernando Rosenzweig Hernández, “El proceso político y el desarrollo económico en México”, en Revista de Ciencias Políticas y Sociales, México, ENCPS, UNAM, año VIII, núm. 28, abril-junio, 1962, pp. 325-344.
5 Cf. Immanuel Wallerstein, “(Parte II. América Latina en la crisis terminal del capitalismo) La reestructuración capitalista y el sistema-mundo”, en La crisis estructural del capitalismo, Centro de Estudios, Información y Documentación “Immanuel Wallerstein”, Contrahistorias, México, 2005, p. 157. Prólogo Carlos Antonio Aguirre Rojas.
6 Cf. Nancy Dávila, “Democracia y desarrollo económico: ¿convergencia o indiferencia?”, artículo inédito, 2006. Este ensayo se presentó y se discutió, en el mes de junio de ese año, en las sesiones de trabajo que ha venido realizando el proyecto del CELA.
7 Apuntaba Sara Sefchovich que algunos de los puntos en donde se ubicó la importancia de los llamados “estudios cepalinos”, si preguntamos por la reconfiguración de las ciencias sociales en la región después de su emergencia en Latinoamérica, fue precisamente en su perspectiva regional o, como lo dice ella, en su “ángulo totalizador”, y fue también su consideración, al momento de pronunciarse en torno a cualquier país periférico, de las relaciones desiguales o los mecanismos de explotación y de dominación que mantienen sobre ellos los países plenamente capitalistas, véase “Los caminos de la sociología en el laberinto de la Revista Mexicana de Sociología”, en Revista Mexicana de Sociología. Una mirada retrospectiva, México, IIS, UNAM, año 51, núm. 1, enero-marzo, 1989, pp. 39-45. La influencia del pensamiento de Raúl Prebisch, por supuesto, no sólo influyó al ámbito de las ciencias sociales sino llegó a delinear el trabajo de organismos internacionales de planeación, véase Joseph l. Love, “Raúl Prebisch y los orígenes de la doctrina del intercambio desigual”, en Revista Mexicana de Sociología, México, IIS, UNAM, año XLII, vol. XLII, núm. 1, enero-marzo, 1980, pp. 375-405. Por otra parte, como es bien sabido, la influencia de las producciones estadounidenses no se limitaron al problema del “desarrollo económico”. Para el caso de la sociología, se trató de la influencia mundial que tuvo la llamada sociología funcionalista, también llamada empirista, y de su énfasis hecho en el análisis cuantitativo, particularmente el uso de técnicas estadísticas, así como la pretensión de delimitar los estudios a “casos concretos” o de pretender ser “especialista” o “técnico” en los temas. González Casanova habló de ella en los siguientes términos ilustrativos: “[Se trataba de] …una sociología que se niega a la síntesis, que busca la monografía y pierde la perspectiva nacional e internacional, que rechaza el escritorio y se va al campo con los marcos teóricos de los escritorios de Harvard y Columbia ...y cae con frecuencia en la retórica de las pruebas estadísticas y las correlaciones; que hace énfasis en la psicología, y el comportamiento, y descuida la estructura; que se niega al razonamiento político y se convierte en instrumento político de los intereses creados (.) En América Latina de la posguerra la sociología empirista obra con una agresividad técnica semejante a la de sus antepasados positivistas aunque con una pedantería más sofisticada y cuidadosa (.) La ofensiva fue tenaz y no solamente retórica. El nuevo movimiento buscó crear un especialista, un profesional de las ciencias sociales, técnico y empleado. Usó toda la retórica y los medios de desprestigio académico, y sus razonamientos válidos —la necesidad de una mayor especialización, de un entrenamiento estadístico, de realizar trabajos de campo, de acabar con la antigua retórica— le permitieron introducir elementos inválidos —como la fobia a la historia, a la filosofía, al buen español, al análisis político, y no se diga ya a la lucha contra el status quo, que en los países subdesarrollados y dependientes, es sin duda un requisito mínimo de reflexión y conducta, sin el cual se empobrece todo marco teórico y toda acción o medida de política social”. Véase “Los clásicos latinoamericanos y la sociología del desarrollo”, en varios autores, Sociología del desarrollo latinoamericano (Una guía para su estudio), IIS, UNAM, México, 1970, pp. 24-25. Véase también, del mismo autor, “La medición cualitativa y los estilos en la investigación social” & “La posición política de los autores y las categorías del desarrollo económico”, en Las categorías del desarrollo económico y la investigación en ciencias sociales, IIS, UNAM, México, 1970, pp. 19-31; 73-81. 2ª ed.
8 Así como Pierre Bourdieu dio a una de sus investigaciones juveniles el título de Argelia entra en la historia, según la traducción al español, a propósito de la lucha de liberación nacional de ese país africano frente al colonialismo francés, se podría parafrasear su expresión diciendo que el “Tercer Mundo entraba en la historia”, si bien había regiones de él que lo habían hecho ya con anterioridad, como precisamente la región latinoamericana.
9 Véase ampliamente I. Wallerstein, “La revolución francesa como suceso histórico mundial”, en Impensar las ciencias sociales. Límites de los paradigmas decimonónicos, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, UNAM, Siglo XXI, México, 2003, pp. 9-26. Trad. Susana Guardado, 3ª ed.
10 I. Wallerstein, “¿Tres ideologías o una? La seudobatalla de la modernidad”, en Después del liberalismo, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, UNAM, Siglo XXI, México, 1996, p. 91. Trad. Stella Mastrángelo. Por otra parte, como se deduce de lo anterior, la primera ideología en surgir en el escenario político europeo fue, sin lugar a dudas, el conservadurismo, en respuesta inmediata a las transformaciones originadas por la revolución francesa. Posteriormente emergió el liberalismo y finalmente el socialismo.
11 Cf. I. Wallerstein, “Liberalismo y legitimación de los estados-nación”, en Después del liberalismo, op. cit., pp. 95-110.
12 Cf. l. Wallerstein, “El colapso del liberalismo”, en Después del liberalismo, ibidem, p. 236.
13 I. Wallerstein, “Liberalismo y legitimación de los estados-nación”, op. cit., p. 109.
14 I. Wallerstein, “(Segunda parte. El mundo del saber) La ciencia social y la sociedad contemporánea”, en Conocer el mundo, saber el mundo: el fin de lo aprendido. Una ciencia social para el siglo XXI, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, UNAM, Siglo XXI, México, 2002, pp. 168-169. Trad. Stella Mastrángelo, 2ª ed. Para una exposición ampliada sobre la relación entre el liberalismo y las ciencias sociales, véase el resto del trabajo, pp. 157-178. Esta cercanía, sin embargo, en vida de los precursores y hacedores de la sociología, fue en absoluto problemática, incierta y, sin duda, poco realizable. Wolf Lepenies, en una reveladora investigación, ilustra las dificultades e imposibilidades de los primeros precursores de la sociología en Francia, Inglaterra y Alemania para realizar un proyecto científico de la sociedad. Cf. Las tres culturas. La sociología entre la literatura y la ciencia, Fondo de Cultura Económica, México, 1994, 425 p. Trad. Julio Colón.
15 Cf. “El método de la ciencia política”, en La clase política, Fondo de Cultura Económica, México, 2004, p. 81. Trad. Marcos Lara, introducción y selección a cargo de Norberto Bobbio. Col. Conmemorativa de 70 años. En sus propios términos: “El hombre puede estudiar mucho más fácilmente los fenómenos de la física, de la química, de la botánica, que sus propios instintos y pasiones. Es preciso también admitir que la necesaria objetividad para llevar a buen término este género de observaciones será siempre privilegio de una fracción muy restringida de individuos dotados de aptitudes especiales y de una particular educación intelectual; pero en el supuesto caso de que estos individuos alcancen resultados científicos, es muy problemático que lleguen a modificar en base a ellos la política de las grandes sociedades humanas”, en ibidem.
16 En una palabra, se trataba del discernimiento y del ofrecimiento de los medios adecuados para determinados fines. Cf. Auguste Comte, “(Primera parte) División general entre las opiniones y los deseos”, en Primeros ensayos, Fondo de Cultura Económica, México, 2001, pp. 9-12. Trad. Francisco Giner de los Ríos, 3ª reimp.
17 “En efecto, no se gobierna temporalmente más que a quien no se puede gobernar espiritualmente, es decir, que no se rige por la fuerza más que aquél que no puede serlo de manera suficiente por la opinión”, en “(Quinta parte) Consideraciones acerca del poder espiritual”, ibidem, p. 268. Más ampliamente, Comte sostenía que toda duración de una asociación real o social dependía de dos clases de acción: una material y otra moral. La primera se lleva sobre los actos, para determinar unos e impedir otros; se funda sobre la fuerza y, para el caso de las sociedades modernas, sobre la riqueza. La segunda consiste en el reglamento de las opiniones, de las inclinaciones o voluntades, y tiene por base la autoridad moral, que resulta de la “superioridad de la inteligencia”. Por otra parte, el filósofo francés escribía estas ideas muy contiguas al término de la revolución francesa y en un momento, según él, de “anarquía” moral.
18 Las posibilidades de la concesión y los alcances de la presión controlada se observaron claramente en torno al creciente proletariado industrial de las zonas céntricas del capitalismo, al menos para la posición más acomodada. Para el movimiento obrero de cada uno de esos países fue, sin duda, una demostración del grado de su fuerza y de las posibilidades de su aumento posteriormente. Este periodo mostró también que la lucha por el control de las burocracias estatales podía conseguirse sin recurrir a la lucha armada, aunque la revolución mexicana, la rusa y la china mostraron que necesariamente era irrenunciable. Ahora bien, no fue accidental que los movimientos sociales en Europa, durante y a partir del decenio de 1960, se hayan constituido en torno a demandas provenientes de los sectores y clases nunca favorecidos por la oferta liberal, por ejemplo las luchas enarboladas por el movimiento pacifista, ecologista, “alternativo”, de las mujeres, de defensa de las minorías étnicas, entre otros, evidenciando ciertamente que la integración había sido sólo para algunos pocos sectores, en cuyos años sesenta se mostraron ya poco combativos o “conformistas”. Cf. I. Wallerstein, G. Arrighi & T. K. Hopkins, “¿Más allá de Haymarket, 1886-1986?”, en Movimientos antisistémicos, Akal, Madrid, España, 1999, pp. 67-81. Trad. Carlos Prieto del Campo. Col. Cuestiones de antagonismo, no. 1.
19 Cf. I. Wallerstein, “(Primera parte. El mundo del capitalismo) Liberalismo y democracia. ¿Hermanos enemigos?”, en Conocer el mundo, saber el mundo: el fin de lo aprendido. Una ciencia social para el siglo XXI, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, UNAM, Siglo XXI, México, 2002, pp.100-119. Trad. Stella Mastrángelo, 2ª ed.
20 Cf. Pierre Bourdieu & J.-C. Passeron, Los herederos. Los estudiantes y la cultura, Siglo XXI, Buenos Aires, Argentina, 2003. Trad. Marcos Meyer; y también de los mismos autores, véase La reproducción. Elementos para una teoría de la enseñanza, Distribuciones Fontamara, México, 1998. Trad. Editorial Laia, introducción a cargo de Marina Subirats, Geovanni Bechelloni & Francesco Ciafaloni, 3ª ed.
21 Cf. I. Wallerstein, “(Cuarta parte. Fracturas en el sistema-mundo: raza, nación, clase, etnicidad, género) La construcción del pueblo: racismo, nacionalismo, etnicidad”, en Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Un análisis de sistemas-mundo, Akal, Madrid, España, 2004, pp. 273-286. Trad. Juan Mari Madariaga. Col. Cuestiones de antagonismo, no. 24.
22 Cf. I. Wallerstein, “La unidad doméstica y la formación de la fuerza de trabajo en la economía-mundo capitalista”, en I. Wallerstein & Etienne Balibar, Raza, nación y clase, IEPALA, Madrid, España, 1988, pp. 169-178.
23 Cf. I. Wallerstein, “El concepto de desarrollo nacional, 1917-1989: elegía y réquiem”, en Después del liberalismo, op. cit., pp. 111-125.
24 Cf. ampliamente I. Wallerstein, G. Arrighi & T. K. Hopkins, “1968: el gran ensayo”, en Movimientos antisistémicos, op. cit., pp. 83-98; véase también I. Wallerstein, “(Quinta parte. Resistencia, esperanza y engaños) 1968, una revolución en el sistema-mundo: tesis e interrogantes”, en Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Un análisis de sistemas-mundo, op. cit., pp. 345-360; y del mismo autor, también, “El CNA y Sudáfrica. Pasado y futuro de los movimientos de liberación en el sistema mundial”, en Conocer el mundo, saber el mundo: el fin de lo aprendido. Una ciencia social para el siglo XXI, op. cit., pp. 24-40.
25 I. Wallerstein, “La construcción política del Islam en el sistema moderno”, en 7 puntos de vista. Cuadernos del Observatorio de las Migraciones y de la Convivencia Intercultural de la Ciudad de Madrid, Madrid, núm. 7, año II, octubre de 2006. p. 10.
26 La única crisis real en el capitalismo trae consigo la consideración de cuatro tendencias básicas que, en cuanto más se acerquen a su asíntota, más pondrán al sistema en crisis: la “desruralización del mundo”; “los costos ecológicos”; “la democratización”; y la “disminución del poder estatal”. Véase ampliamente la parte I (El mundo del capitalismo) del libro Conocer el mundo, saber el mundo: el fin de lo aprendido. Una ciencia social para el siglo XXI, op. cit., pp. 11-153. Hay que apuntar que estas tendencias no se explican por la entrada de una tradicional fase B de Kondratiev. Se trata de tendencias llamadas seculares cuyo inicio, desigual, comenzó desde la misma conformación del capitalismo, y el decenio de 1970 marca un desfase radical para que no siga reproduciéndose tal como lo ha venido haciendo desde hace aproximadamente 500 años.
27 Cf. ampliamente I. Wallerstein, “La imagen global y las posibilidades alternativas de la evolución del sistema-mundo, 1945-2025”, en La crisis estructural del capitalismo, op. cit., pp. 77-124.
28 Véase I. Wallerstein, G. Arrighi & T. K. Hopkins, “1989, continuación de 1968”, en Movimientos antisistémicos, op. cit., pp. 99-119.
29 Cf. I. Wallerstein, “El concepto de desarrollo nacional, 1917-1989, elegía y réquiem”, op. cit.
30 Cf. José Luis Reyna, “Subdesarrollo y dependencia: el caso de América Latina”, en Revista Mexicana de Sociología, México, IIS, UNAM, año XXIX, vol. XXIX, núm. 4, octubre-diciembre, 1967, pp. 651-668.