Fernando R. Beltrán Nieves et Juan Carlos López García

A cuarenta años de La democracia en México (de Pablo González Casanova) (I)

“Quien hace investigación es como una persona que se encuentra en una habitación oscura. Se mueve a tientas, choca con un objeto, realiza conjeturas”.

Carlo Ginzburg1

Si la sociología mexicana es de reciente aparición, no lo es mucho menos su análisis de la democracia en el país2; sin embargo, hoy en día se exige o se fomenta pensarla en sus múltiples dimensiones, refiriéndose a ejercicios multidisciplinarios o interdisciplinarios. En este sentido, ocuparse hoy de la democracia en México desde diversos puntos de vista es una posibilidad histórica, como lo fue pensarla desde uno solo. Este contexto actual no supone, sin embargo, que puedan dejarse de lado ni mucho menos olvidar los aportes o las apuestas particulares de cada una de las ciencias sociales, las cuales se han ido constituyendo no sin dificultades y cuyas consecuencias han sido, entre otras, luchar por la representación legítima de sus objetos de estudio. El planteamiento que hacemos es que la emergencia del punto de vista sociológico, como cualquier otro, no puede ser desatendido ni mucho menos sus envites particulares, que delimitan lo pensable o impensable de sus objetos de estudio, de tal modo que nos interesamos aquí en conocer cómo se constituyó así como en mostrar las herencias intelectuales a propósito de la democracia en un periodo histórico preciso.

Este ensayo, de tal suerte, tiene dos objetivos concretos. Por una parte, nos hemos propuesto rastrear lo que puede nombrarse el origen de la investigación sociológica de la democracia mexicana, así como la reconstrucción, en la medida de nuestras posibilidades, de aquellas razones sociales que hicieron posible tal emergencia. Este objetivo se concreta en ver a La democracia en México, de Pablo González Casanova, como un objeto de análisis; se abordará entonces un periodo de treinta años: de 1930, año en que nace formalmente la sociología en México, al año de su publicación en 1965. Por otra, este primer ejercicio nos obliga a descifrar lo que significaron o significan las primeras producciones sociológicas de este fenómeno para que, a los ojos de hoy, se evidencien las herencias (problemas, supuestos y demarcaciones) que la sociología ha dado a propósito de este objeto de estudio. Los dos objetivos se conectan, en resumen, para invitar al lector, según sus intereses, a valorar u observar cuánto de lo que hoy se plantea a propósito de la democracia mexicana está o no en función de lo que nos antecede, y cuánto de lo anteriormente conquistado o no se ha perdido; dotarlo incluso de mayores elementos para que se resignifique los trabajos anteriores a la luz de los nuevos tiempos.

Este ensayo representa, por otra parte, una apuesta intelectual y, como tal, debe ser explicitada. Debemos plantearnos por qué es posible enunciarla y dejar en claro los intereses que ponemos en juego3. Para el primer caso, sin agotar las condiciones de posibilidad y sus diversas temporalidades históricas, destacamos, primero, que la autonomía concedida a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM en adelante) en el periodo de 1929 a 1945, aunque relativa, nos protege institucionalmente de la censura, de la condena o de la reprobación de quienes siendo objeto de la sociología se ven incomodados por sus planteamientos, ahí sin importar el estado de las relaciones de fuerza en el que se encuentra la dinámica propia de la ciencias sociales en México. Segundo, el camino propio que ha tenido la sociología en este país ha dado origen, en algún momento específico, a la reflexión de sí misma, emergiendo lo que se ha nombrado “sociología de la sociología” y de cuyos planteamientos nos hemos servido también. En tercer y último lugar, las exigencias actuales de “investigación social”, orientadas hacia lo que se nombra la interdisciplina o multidisciplina, reclama y supone a la vez una competencia de lo que cada práctica científica involucrada reivindica, por lo que se hace posible y sobre todo necesaria la explicitación, no siempre hecha, de sus apuestas particulares.

El envite de este trabajo tiene por lo menos tres intereses, que dejamos claros. Primero, todo producto científico es deudor de las condiciones sociales en las que se produce; no es en absoluto consecuencia de un ejercicio esterilizado de ellas. Nuestro objeto de estudio permitirá mostrar, según nuestras posibilidades, cómo funciona esta proposición en un caso particular4. Segundo, ninguna disposición a ocuparse de la historia de una disciplina o, más precisamente, de sus objetos concretos en un momento específico, puede pensarse como un ejercicio puramente epistemológico, disposición ejercida la mayoría de las veces en la interpretación de la producción escrita existente. Se trata más bien de que las miradas históricas hacia los campos del saber y, particularmente, hacia sus objetos estudiados, consideren necesariamente las relaciones de fuerza entre posiciones epistemológicas, que no son sino las relaciones de fuerza de los científicos que están detrás de ellas5. Tercero y último, creemos que la probable aceptación de un planteamiento no está en función sólo de su coherencia lógica, de su argumentación plausible o de sus comprobaciones, sino del reconocimiento social del objeto abordado y, por supuesto, del reconocimiento social de los investigadores que lo sostienen, por parte de los que están implicados e inmersos en las apuestas que se invierten sobre él6.

Desde que fue publicada y difundida la obra intitulada La democracia en México del sociólogo mexicano Pablo González Casanova, en 1965, terminada de escribir dos años antes, se fue instaurando en el sentido común de la sociología mexicana la idea de que esa investigación había representado una “inflexión” en la manera de hacer sociología en México7. Tal idea fue reforzándose con el paso del tiempo, en buena parte, al ser comunicada por la mayoría de las autorreflexiones que se han hecho de su práctica y al ser también enunciada en las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales por parte de una cantidad considerable de sus profesores, al menos en el ámbito de enseñanza de la sociología8.

Al ser nosotros producto en parte de esa formación y al estar impregnados asimismo por esa difusión de ideas, lo que constatamos es que al acercarnos a la obra del sociólogo, si se revisan sus fuentes utilizadas, no se refiere ni se cita ninguna investigación sociológica que haya tratado explícitamente y bajo apuestas pertinentes al espacio sociológico, el fenómeno democrático mexicano9. No quiere decir la aseveración anterior, como se verá más adelante, que tal objeto no haya sido tocado o haya permanecido inexplorado sociológicamente. La constatación de este hecho debe ser explicada y las tesis que se han posicionado ante esta obra para dilucidar su origen o su significación, deben ser debatidas, no en sí mismas ni para ser glosadas simplemente, sino para avanzar en la comprensión del por qué, según y a partir de ellas, se asumió que esta obra particular marcó un “parteaguas” en la historia y en los legados de las prácticas sociológicas de este país y, sobre todo, del fenómeno particular que nos atañe. De tal suerte, este apartado consistirá en enunciar brevemente aquellos planteamientos que nosotros consideramos fueron los más importantes para transmitir que La democracia en México debe ser conocida y valorada por cualquiera que pretenda hablar de sociología y, particularmente, por cualquiera que esté interesado por sus objetos abordados en México, a poco más de cuarenta años de distancia.

Antes de hablar propiamente de los planteamientos, considérese que éstos pertenecen a estudios históricos sobre la sociología mexicana y, como tales, parten de estos supuestos de exposición y contenido: por un lado, se considera lo que puede nombrarse los “factores externos” a la dinámica propia del espacio sociológico mexicano y, por otro lado, se abordan las modificaciones lógicas y pragmáticas, o las luchas intrínsecas, que tuvieron lugar en el interior del mismo. Tales estudios toman en cuenta, para este último caso, tanto sus cambios epistémicos, temáticos y metodológicos, sus posturas políticas explícitas o implícitas frente al contexto social en el que ascendieron, así como los aspectos institucionales que permitieron su permanencia, desarrollo y relativa autonomía frente al poder público y otras disciplinas10.

Para el caso particular de La democracia en México, en este sentido, los planteamientos más recurrentes que se han dado para interpretar su origen han señalado que los movimientos que se produjeron en los espacios sociales de mayor constitución en México, como lo fue el político, manifestaron un mayor peso que la dinámica interna de la investigación propiamente sociológica. Por ejemplo, las transformaciones en el espacio político tuvieron que ver, por un lado, en el ámbito nacional, con los combates, críticas y exigencias por parte de diferentes grupos sociales: la lucha popular, sindical y la llamada de liberación, y la actividad del periodismo político, como las revistas El Espectador y Política. En el ámbito internacional, fundamentalmente con el triunfo de la revolución cubana, instaurando todo ello un clima de crítica, de rebeldía, de contestación y de disposiciones al develamiento. Por otro lado, tuvieron que ver con las respuestas represivas a esas demandas por parte de un régimen político autoritario cada vez más incapaz ante las exigencias de movilidad social y apertura política, así como la contradicción entre su discurso “revolucionario”, llamado en la época “ideología oficial”, y el estado real de la sociedad mexicana.

Cuando se abordan las razones propiamente académicas o intrínsecas, éstas se relacionan con la instauración y desarrollo de la infraestructura mínima para la formación de investigadores e investigación sociológica: la significación, por ejemplo, del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS, en adelante), de la Revista Mexicana de Sociología (RMS, en adelante), de la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales (ENCPS, en adelante) y su revista, entre las más sobresalientes. Se relacionan también con las políticas de investigación y los objetos de estudio más reconocidos, como el “indigenismo” o los temas particulares expuestos en los congresos nacionales de sociología de 1952 a 1965. Finalmente y sobre todo, con la carencia, pese a los esfuerzos anteriores, en el tratamiento sociológico sobre casi la totalidad de la realidad mexicana y los diversos frentes que había que cubrir como investigación11.

Dadas algunas de las condiciones sociales que se han expuesto, las tesis de los estudios históricos proponen que el significado más trascendente de La democracia en México fue precisamente el intento de apropiarse, en el ámbito de la sociología mexicana, de una disposición al develamiento del espacio político mexicano; una disposición hecha o adquirida ya por la práctica política de grupos interesados en realizarla, esto es, en el estado práctico, concreto y sustancial. Dicho en otras palabras, la investigación sociológica que se publicó en 1965 intentó ponerse al día, bajo sus propios términos y bajos sus propias reglas, con el significado de las prácticas políticas reales en el sentido de poner en cuestión, como lo hicieron ellas, pero bajo otros referentes, al sistema político y a su discurso sobre todo, y pretendió clarificar en términos sociológicos el funcionamiento tanto de la estructura del poder nacional como de la orientación de la presión social y política de los grupos desfavorecidos. En conclusión, por su contribución a la clarificación de la demanda práctica y política, por su combate a la mudez de la sociología mexicana frente a la situación política nacional, y por sus maneras propias de exposición y de análisis, se le consideró y se le difundió como la obra sociológica más importante desde los inicios de la disciplina, así como la referencia indispensable, de ahora en adelante, para acercarse al mundo social y político mexicano.

Si bien para nosotros lo anteriormente expuesto representa los planteamientos básicos que se han ofrecido para interpretar tanto el origen como el significado de esta obra, algunas propiedades más de los estudios históricos merecen ser consideradas. Por ejemplo, algunas tesis pretendieron hablar de las rupturas al interior de la sociología mexicana a partir de personajes, siendo considerados finalmente como emblemas o “creadores increados”. De tal manera, se fundamentaron interpretaciones del transcurso de la disciplina a través de los cambios que se dieron en el puesto de director del IIS. Además, existen proposiciones que se permiten hablar de los cambios llamados “intrínsecos” al abordar solamente las variaciones y, por lo tanto, los cambios inevitables que fueron de suyo, por ejemplo y sobre todo, las políticas de investigación, en la dirección del Instituto12.

Destaca además que las razones sociales que han vertido la mayoría de estas tesis son fundamentalmente de temporalidad inmediata a la ascendencia de La democracia en México. Tanto lo que hemos nombrado las modificaciones en los espacios sociales de mayor constitución en México, así como el desenvolvimiento propio de las prácticas sociológicas, son de un tiempo histórico muy contiguo a la publicación de la obra. Dicho en otras palabras, las tesis han enfatizado, cuando se trata sobre todo de los “factores externos”, una serie de condiciones sociales de temporalidad corta y algunas ocasiones son remitidas un poco más allá del tiempo inmediato cuando se trata de la dinámica interna.

Al constituirse las tesis también en función de interpretaciones del desenvolvimiento de la sociología mexicana en conjunto y, por tanto, plantearse formulaciones sobre un rango de tiempo que gira entre los 20, 50 o más años, no existe en realidad estudio específico que aborde a la obra como objeto particular. Tal globalidad de la interpretación ofrece concretamente poco espacio para llevar a cabo un tratamiento más detenido de esta obra, construir su significado más específico en función de los planteamientos anteriores a ella o sacar a la luz los problemas heredados. Por lo tanto, puede decirse que al día de hoy la mayoría de los estudios históricos sobre la sociología mexicana se ha ocupado más bien de su desarrollo general que de sus aspectos específicos.

No puede hacerse referencia a la obra La democracia en México de 1965 sin situarla en el espacio específico del cual forma parte y del cual también es producto. No puede abordársele, entonces, sin representarse brevemente el espacio social que comenzó a definirse y autonomizarse, según sus posibilidades, con el surgimiento de la sociología en México durante el transcurso de los años treinta. No interesa aquí una profundización del tema, baste no dejarlo de lado para seguir adelante. Pero debido a que una parte importante del tratamiento que se hace de la dinámica interna de la sociología mexicana centra su atención en la descripción e interpretación mínima de las publicaciones, ya sea como libros o artículos, y dado también que hay un énfasis en la interpretación económica y política de las contextualizaciones del transcurso propio del ámbito sociológico, se ha decidido presentar, en este apartado, mínimas propiedades académicas de él con el objetivo de situar al lector en una exposición un poco más amplia de lo ofrecido en el apartado anterior. Se hará énfasis en lo acontecido en la UNAM y se dejarán de lado las emergencias que se dieron en otros espacios, como en el editorial o en otras universidades públicas o privadas. Nos servimos, sin embargo, de interpretaciones históricas enunciadas puesto que una diferente implicaría una labor de investigación que hiciera de la nombrada “institucionalización” de la sociología un objeto de estudio, lo cual trasciende nuestros objetivos.

En 1930, a iniciativa del entonces rector de la Universidad Nacional, Ignacio García Téllez, cuya autonomía había sido otorgada hacía menos de un año, se funda el IIS13. Su intención: contribuir a resolver los “grandes problemas nacionales”. Resulta significativo que en el documento de su fundación se haga énfasis en que operará con independencia respecto a los demás órganos y escuelas de la misma Universidad, aludiendo claramente a la entonces Escuela Nacional de Jurisprudencia14. En un contexto en el que las relaciones entre la Universidad y el estado no eran del todo “buenas”, debido principalmente a que aquella no representaba, según los “gobiernos revolucionarios”, los intereses de las mayorías, y cuya autonomía había significado tanto un deslinde de responsabilidades, consecuencia de una huelga estudiantil, como una maniobra política, la emergencia del Instituto reducía en parte sus contradicciones15.

El IIS representaba el primer instituto de investigación emanado de la Universidad y el primero en ciencias sociales del país; algunos de sus fundadores mantenían estrechas relaciones con el poder público, como lo fueron Vicente Lombardo Toledano y Narciso Bassols16. En este contexto, el IIS supone un punto de contacto entre Universidad y estado, el cual se tornará más fuerte nueve años después. Con el Instituto se comenzó a cubrir los primeros aspectos de infraestructura mínima para llevar a cabo investigación sociológica con claros objetivos pragmáticos. Sus primeros nueve años de vida, en el que cambió de dirección cuatro veces dada la cercanía de sus principales fundadores con la política práctica, careciendo así de una definición clara de sus objetos de estudio o de una política de investigación precisa, además de la penuria económica de la Universidad que hacía imposible cualquier tipo de desarrollo, permiten decir que, pese a los esfuerzos de su secretario Miguel Othón de Mendizábal, su actividad propiamente de investigación dio inicio en 1939, año en que comenzó la dirección del Instituto a cargo del jurista Lucio Mendieta y Núñez.

No cabe duda que una muy buena parte de la definición que adquirió la sociología mexicana durante sus primeros 20 años o más, fue hecha a partir de la obra de investigación e institucional de Lucio Mendieta y Núñez. Baste aquí señalar dos aspectos que nosotros creemos significativos.

Política de investigación. Uno de los significados más trascendentes que se dieron en el ámbito de la “socialización” y de la comunicación de la sociología mexicana fue la fundación de la Revista Mexicana de Sociología, en los meses de marzo y abril de 1939, bajo la dirección de Mendieta y Núñez. Se trató del órgano de difusión permanente de las labores del IIS, que comenzó a ser dirigido a partir del mismo año por el jurista convertido en sociólogo. La orientación de una parte significativa de las producciones sociológicas o, al menos, las de mayor continuidad y fuerza hasta principios de los años sesenta, se dirigió hacia lo que propuso e hizo Mendieta y Núñez. Todos aquellos colaboradores y seguidores de éste, fundamentalmente provenientes de otros ámbitos de estudio relativamente constituidos en el país: como la antropología, el derecho o la medicina, compartían, al igual que el sociólogo, unos “esquemas mentales” marcados por el positivismo17. Esta situación definió más de dos décadas de vida de la sociología en el país, particularmente la de los cincuenta18. Tales producciones giraron en torno a estudios de “especialidad”, como se les nombraba en aquel entonces, sobre la “cuestión indígena”19 por ejemplo (una herencia clara de la antropología inspirada y orientada por Manuel Gamio), y en torno a estudios temáticos, como los expuestos en los congresos nacionales de sociología que comenzaron a partir del año 195020. Según González Casanova, los estudios de “especialidad” se relacionaron con unas maneras de hacer sociología que se desarrollaron en varias partes del mundo a finales de la segunda posguerra y durante todo el decenio del cincuenta, nombrada “empirista” o “especializada”, marcada por el funcionalismo estadounidense21. Según otras interpretaciones, algunas de estas propiedades señaladas anteriormente no se constituyeron en una corriente empirista o “generación de empiristas”22 en México.

Pese a los logros y avances encauzados por Mendieta y Núñez y sus íntimos colaboradores, destacamos que hacia el término de los años cincuenta y principios de los sesenta, la sociología mexicana se caracterizó, con sus variados orígenes, marcadas influencias y orientaciones, por una ausencia del análisis de las estructuras de poder en México. De hecho, en términos generales, los estudios históricos sostienen incluso que durante por lo menos hasta fines de los cincuenta la sociología del país estudió más bien poco, y mucho menos sistemáticamente, al mundo social mexicano23.

Cercanía con el poder. La orientación de la sociología más fuerte de la época, la encabezada por Lucio Mendieta y Núñez, pretendió cooperar con sus investigaciones, inspirándose en parte en ciertos supuestos de la obra del sociólogo francés D. Émile Durkheim o, más precisamente, del filósofo Auguste Comte, no sólo con las que hoy se nombran políticas públicas de los gobiernos mexicanos, sino con el proyecto, más general, de consolidar y fortalecer cada vez más al estado mexicano24, particularmente las nociones de “unidad nacional”, “nacionalismo” o “anti-imperialismo”. Estos intereses25 y el compromiso de la sociología hacia con el régimen impidieron en gran medida el develamiento de una realidad mexicana que, al término de la revolución y, particularmente después del periodo cardenista, venía definiéndose principalmente en torno a la constitución de grupos sociales cuyos intereses y necesidades no coincidían: como la élite en el gobierno, las “masas populares” y los llamados “factores reales de poder”, en el sentido de González Casanova. Definiéndose en torno a una vida política basada en dos pilares esenciales: el presidencialismo y el partido único; y a la existencia de un amplio y creciente sector marginal de la población. Realidad social de la que no habló la sociología mexicana de la época o lo hizo poco y bajo las preocupaciones expuestas.

La noción de “institucionalización”, muy frecuente en los estudios históricos de la disciplina cuando se ocupan del periodo de 1930 a 1965, refiere, en otras palabras, al hecho de que la sociología mexicana comenzó a constituirse cada vez más como un ámbito separado de otros, tanto física como simbólicamente. Esta tarea, como fue brevemente descrita, comenzó y avanzó significativamente con la obra de investigación así como de administración de Lucio Mendieta y Núñez. La de investigación consistió fundamentalmente en distanciarse de los objetos del derecho y de la antropología (las disciplinas de su formación26), y en proponer y abordar objetos de investigación distintos, con claros objetivos pragmáticos, cuyos orígenes provinieron de diferentes vertientes: la trayectoria académica particular de Mendieta, el contexto social y político posrevolucionario, así como las influencias del positivismo en la constitución de las principales ciencias sociales que surgieron en México. La de administración giró en torno básicamente a la creación de infraestructura mínima para desarrollar investigación sociológica y formar cuadros competentes para ello: una política de investigación definida por parte del IIS, la creación de la RMS, la colaboración en la fundación de la ENCPS y la organización de los Congresos Nacionales de Sociología, entre lo más significativo27.

Destaquemos dos puntos para terminar esta breve representación. Primero, las acciones que realizó o contribuyó hacer Lucio Mendieta y Núñez, en diversos frentes, instauraron la mayor parte de las condiciones, sobre todo académicas, para superarlo en tanto proyecto y maneras de hacer sociología, como sucedió efectivamente después del año de 1965. Fueron casos concretos el desarrollo de la entonces ENCPS, particularmente la constante expulsión de nuevas generaciones de sociólogos cada vez más dotadas de variadas herramientas para hacer su trabajo28 y el viraje que se dio en la dirección del IIS, en 1966, en el compromiso de “apoyar” al poder público en la solución de los “grandes problemas nacionales”. Dicho en otras palabras, si por ejemplo vemos en La democracia en México de 1965 una ruptura con el proyecto de Mendieta, la obra sin embargo no hubiese podido emerger, en buena parte, sin la previa acción académica e institucional de éste. Segundo, un proyecto de sociología como el que expresó y representó Mendieta y Núñez sólo pudo existir en un ámbito político y social de relativa calma y optimismo ya que si entraba en una dinámica de conflicto, no habían herramientas ni supuestos suficientes para investigar y entender sus transformaciones y contradicciones. Además, el propio proyecto de investigación de Mendieta y Núñez se orientó para que tales convulsiones no sucediesen.

Hemos partido de la observación de que La democracia en México ofrece elementos para conjeturar que se trató de la primera investigación sociológica del país acerca de la democracia mexicana29; se trata de una observación que está a prueba y será necesario, además, develar sus significados.

Cuando se habla entonces, según nuestra conjetura, que durante más de 30 años no existe plenamente un ámbito sociológico sino más bien uno en constitución o uno marcado por ciertas propiedades, debatibles según su productividad o poco autónomas, quiere decir, concretamente, que la mayor parte de los productos no lograron construir sus objetos en términos estrictamente sociológicos, sino más bien se encontraban en proceso de instauración y autonomización, según las condiciones posibles. Sólo puede saberse hasta qué punto esto es cierto si tomamos seriamente un caso concreto de análisis. De tal suerte, este apartado consistirá en conocer e interpretar los productos específicos de sociología que abordaron la democracia mexicana en el periodo considerado. La serie de interpretaciones que siguen parten de un trabajo de documentación que, sabemos bien, le es imposible agotar todo lo que se publicó durante el periodo de 1940 a 1965, pero pretendemos ofrecer una inferencia plausible de esas producciones según las guías utilizadas30.

En el periodo que corre de los años cuarenta hasta mediados de los sesenta casi todas las reflexiones o análisis de la democracia mexicana no emanaron de la pluma de los sociólogos. Una búsqueda documental muestra, más precisamente, que toda aquella reflexión o análisis que hiciera de ella su objeto de estudio o, también, más frecuentemente, del espacio político mexicano, se circunscribió en términos jurídicos, filosóficos, históricos, valorativos o estrictamente políticos o, en ocasiones también, en apuestas conjuntas; análisis deudores, no cabe duda, de la formación intelectual de sus autores. Así, en este periodo, los mayores esfuerzos por clarificar el estado o la dinámica de las relaciones de fuerza entre los diversos grupos o clases sociales en México, así como de fenómenos relacionados como el sistema político imperante producto de la revolución o el ejercicio del poder por parte de la clase política posrevolucionaria, provinieron más bien de militantes, sobre todo de oposición o de izquierda, éstos con claros matices marxistas, o de estudiosos significativos pero no autoreivindicados sociólogos31.

En este sentido, la producción sociológica se encontraba muy por debajo o muy distanciada del tipo de análisis político y expresiones críticas tan frecuentes en espacios como el político y el periodístico de izquierda, como puede observarse principalmente en las revistas Combate y Futuro de los años cuarenta, la primera dirigida por Narciso Bassols y la segunda fundada y dirigida por él mismo junto con Lombardo Toledano; o como en las revistas El Espectador y Política de los sesenta. Las reflexiones en torno a la democracia se hicieron también desde la “oposición” oficial al régimen, como las exposiciones reunidas en el libro La democracia en México32 a propósito de un ciclo de conferencias en torno a la democracia mexicana organizada por el Partido Acción Nacional, a finales de 1962. Pese a no poseer éstas ninguna propiedad de objetivación o clarificación del problema al que se referían, observamos más precisamente que hablar de democracia en México en este periodo no se redujo a los intentos que provinieron de la izquierda o de las posiciones más progresistas o de la cátedra universitaria, procedente principalmente de economistas, sino también de la posición de derecha. De tal suerte, puede decirse que los planteamientos más atentos de la democracia mexicana en aquel entonces emanaron de ámbitos distanciados de la sociología, que, por su parte, no dejó de pronunciarse al respecto a su manera.

Los productos sociológicos, concretamente, consistieron en pequeños trabajos, en forma de artículos, y poseyeron ciertas propiedades específicas que dieron forma a sus apuestas. Pese a que los años y los lugares de publicación así como los autores son distintivos o dan pie a hacer distinciones entre los productos, haremos una interpretación general. Lo más sobresaliente que podemos comunicar es que no existió un planteamiento que recurriera al análisis o tratamiento empírico, que tuviera intenciones constatativas o que trascendiera la reflexión, el comentario, los pequeños ejercicios históricos o la prescripción; en síntesis, que se tratara de una investigación propiamente dicha. Se trató más bien, en algunos casos, de reflexiones en torno al concepto democracia. En efecto, la democracia fue abordada bajo la problemática de otros fenómenos para esclarecer después su significado o sus características concretas33. O se recurrió a los sociólogos fundadores para obtener un significado plausible34; o se mostró la relatividad del significado o de los significados del concepto a partir de casos históricos alejados en el tiempo35.

Algunos otros trabajos se caracterizaron por sus intentos de historizar e interpretar fenómenos relativamente recientes del espacio político mexicano36. Por ejemplo Leopoldo Zea, además de intentar dilucidar qué había creado políticamente la revolución mexicana y preguntarse por la real existencia de mecanismos de participación directa de las mayorías en las tomas de decisión política, cuyas respuestas no dejan de ser polémicas dado su optimismo, concluye que en México, a finales de los años cincuenta, existía más bien una “democracia dirigida” basada en un poderoso gobierno, “ligado a los intereses de la mayoría”, pero que iba representando en mayor medida a los de la “burguesía nacional”, la cual, paradójicamente, se estaba independizando cada vez más de él, lo que no ocurría con las “grandes masas populares”37. El trabajo se presentó en términos más bien históricos y reflexivos.

Rodolfo Stavenhagen, por otra parte, comentó un informe etnográfico estadounidense, hasta ese momento inédito en México, acerca de un “grupo de derecha y de presión política” al régimen lopezmateísta. Además de contribuir en evidenciar la importancia que adquirían las investigaciones estadounidenses en torno a la sociedad mexicana, el autor comunicó que los resultados de este informe demostraban que los intereses de las empresas extranjeras, sobre todo estadounidenses, cuyos intereses económicos eran los más poderosos en México, mantenían “buenas relaciones” con altos funcionarios del gobierno38.

Por otro lado, los tratamientos que tuvieron ciertos contenidos de carácter sociológico sin dejar de hacerse, sin embargo, bajo otra óptica como la jurídica o la ciencia política, giraron en torno a aspectos específicos del espacio político mexicano39. José Iturriaga, por ejemplo, cuyas pretensiones eran hablar de la “estructura política de México”, historizó y describió a detalle la serie de sucesos que giraron alrededor de los presidentes de México desde que logró la independencia formal hasta el año en que escribió el autor, en 1958. Tal recuento histórico mostraba claramente que si en algo se caracterizó la presidencia mexicana, vista desde la generalidad, fue por su inestabilidad y su caos40.

Moreno, por otra parte, quien se situó en el punto más alejado de las pretensiones sociológicas, aspiraba a abordar los procedimientos de toma de decisión en los “regímenes democráticos” concretándolos en los procedimientos electorales en México, lo cuales no eran sino una derivación de la existencia de partidos políticos que, para el caso mexicano, podría hablarse de ellos propiamente a partir de la instauración del sufragio universal con la ley de 191141.

Esta manera de hacer sociología de la democracia mexicana no se vio modificada en medida alguna con la convocatoria nacional e internacional para emprender el estudio sociológico de la política en México y América Latina en 1960. De hecho, el congreso nacional de sociología de ese año aparece como el caso más ilustrativo del tipo de planteamientos a propósito de fenómenos pertenecientes al espacio político mexicano o latinoamericano, debido a las propiedades de contenido y análisis que los constituyeron, así como las ideas que apostaron.

Al igual que los ocho anteriores congresos nacionales y los cinco posteriores, el de 1960 tuvo como tema de reunión y de análisis un objeto de discusión concreto. Tocaba ahora el turno a la política y se aspiraba a su análisis científico o, dicho más precisamente, se deseaba el nacimiento de una “sociología política”. De tal suerte, la sociología mexicana, como conjunto, no se dispuso a formalizar y generalizar su análisis de fenómenos correspondientes a las prácticas políticas nacionales y de América Latina sino hasta este año en que se hizo nacional e internacional la convocatoria para su estudio sociológico.

Así, de la misma manera que los anteriores congresos, convocados por el IIS y por la Asociación Mexicana de Sociología, perteneciente a la Internacional de Sociología, el motivo pragmático de este particular fue cooperar con el poder público en la supuesta “solución de problemas nacionales”, como venía proclamando la sociología mexicana desde 1930, y los referentes de este congreso se limitaron ahora al ámbito político y, valga la expresión, a los políticos42. En efecto, uno de los relatos sobre los pormenores de este congreso dejan claros los objetivos políticos a los que se sumó el congreso nacional, los cuales giraron en torno, por un lado, a la “profesionalización del político”, esto es, al ofrecimiento de “…una serie de conocimientos y de una serie de técnicas de acción para que pueda: observar, primero, fría, objetivamente, las situaciones predominantemente gracias a un examen o análisis sociológico de las mismas y para, un momento después, cálidamente, apasionadamente, con arrojo, insuflar vida a su conducta, para hacerle alcanzar los ideales deseables mediante una adecuada instrumentación sociopolítica”43 y, por otro lado, a la instauración y generalización de una concepción de la política que partiera del supuesto referente al ejercicio del poder pero ejecutado legítimamente, sustentado o inspirado en el “bien común o de la mayoría, y no como mero asalto de él para la satisfacción de los bajos apetitos”44.

Si uno revisa el número once de Estudios Sociológicos, en donde se publicaron los trabajos “más importantes” expuestos en este congreso de 1960, se observan diez rubros generales en los que se agruparon los temas seleccionados45. Junto con trabajos entonces destinados a una definición de los preliminares para la constitución de una “sociología política” puesta en práctica en México y América Latina; con análisis que se abocaron a la contextualización del congreso en términos tanto académicos como políticos, éstos últimos definidos en el estudio de la entidad federativa en la que tuvo lugar el congreso: Tamaulipas; con documentos enfocados en abordar la política en relación con otros fenómenos, tales como el derecho, la educación y la opinión pública, o con trabajos dedicados a tratar fenómenos concretos: como los partidos políticos mexicanos, la revolución mexicana o la administración pública de los gobiernos estatales, se encuentran artículos que hicieron explícito su interés por analizar la democracia en México y América Latina, y se presentaron bajo el apartado intitulado “Diferentes tipos de democracia y sus elementos sociales constitutivos”. Así, de 69 trabajos expuestos en total en este congreso nacional, 6 pretendieron analizar la democracia en los países latinoamericanos46, y sólo uno, el de Roberto Cuba Jones, no fue publicado en el número once de Estudios Sociológicos.

Todos los trabajos publicados, a excepción del de Aron47, compartieron las siguientes propiedades, elementos de exposición y contenido de análisis; en algunos casos ciertos rasgos están más acentuados que en otros. Primero y ante todo, los documentos difundidos fueron reflexiones de carácter ensayístico, mas no investigaciones propiamente dichas: que hubiesen planteado por ejemplo hipótesis a prueba, que hubieran recurrido a comprobaciones empíricas o que hubiesen partido de intenciones constatativas. Segundo, la mayoría de los autores fueron juristas48. Tercero, en ninguno de los trabajos se encontró material empírico sistematizado para sustentar las reflexiones. Cuarto, la mayor parte intentó definir el término democracia o, también, según la opinión del autor, significarla por medio de ciertos aspectos característicos49. Quinto, en algunas veces, se complementó la reflexión con ejercicios históricos, fundamentalmente para contrastar las definiciones o para evidenciar sus alcances prácticos50. Sexto, todas las reflexiones estuvieron marcadas por claras orientaciones prescriptivas, básicamente hacia los contenidos del término que los autores consideraron pertinentes51. Séptimo y último, en la mayoría de los artículos el caso mexicano o la particularidad mexicana se supeditó a la reflexión general de la región latinoamericana.

Manzanilla, por ejemplo, definió a la democracia a través de cinco elementos, llamándola “democracia integral”. El autor no sólo contribuyó al análisis de la democracia latinoamericana por medio de este conjunto de características, sino sostuvo que la región podía orientarse a ese modelo político, diferente al “comunismo” o al “capitalismo” que imperaba en el mundo y lo mantenía en “crisis”. La democracia latinoamericana podía entonces entenderse por ciertos aspectos políticos, sociales, económicos, culturales y jurídicos52. Esta “democracia integral”, según el autor, debía instaurarse en Latinoamérica por el “único medio político de legitimación posible”: el “método democrático”, no cautivo ni unilateral.

Paredes, por su parte, intentando precisar su reflexión, también se incorporó al ofrecimiento de definiciones, y abordó a la democracia por medio de cuatro instituciones básicas: los sistemas de difusión del pensamiento, la estructura de los partidos políticos, la actuación de los credos religiosos y, finalmente, los procedimientos de gobierno53. Sólo comparando este conjunto de propiedades institucionales podía decirse, según el autor, cuánto un país latinoamericano era democrático o no lo era.

Pérez Patón, por otra parte, haciendo una breve historia de los partidos políticos de los principales países occidentales, concluyó que la existencia de éstos en una sociedad era sinónimo inmediato de una democracia, ya que era a través de ellos por los que los diferentes intereses de los grupos sociales se expresan y se concilian en el ámbito del poder público54. Otro elemento inherente a la democracia que sostenía el autor era que el poder estatal debía estar respaldado por una opinión pública, la cual debía ser creada tanto por la autoridad como por los gobernados. Finalmente, ante la pregunta ¿qué relación existe entre el partido único y la democracia?, el autor sostuvo que el régimen del partido único, instaurado por primera vez por la revolución rusa de 1917, excluía totalmente un sistema de partidos y, por tanto, la existencia de una democracia liberal.

Finalmente, Rendón ofrecía, primero, tres postulados elementales para significar a la democracia: gobierno representativo de todas las clases sociales; sufragio universal e igualdad de derechos ante la ley; y composición del poder público en tres formas autónomas y soberanas: el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial. Después, la autora afirmó que en América Latina, sin embargo, predominaba o sobresalía el poder ejecutivo; y que el sufragio era un mito en la región, sobre todo en México. En este país, además, como en muchos otros, la actividad política se realizaba por medio de intermediarios o personalidades, tanto a niveles locales (el cacique) como a niveles nacionales (los jefes máximos). La autora sostuvo también que tanto el cacique como el caudillo eran en “esencia” democráticos porque “el bienestar de la masa les [estaba] más cerca del corazón que cualquier otro interés de clase o estado”55, ya que su poder radicaba precisamente en la estima y el reconocimiento que les otorgaba la gente.

En conclusión, un trabajo documental acerca del estudio de la democracia mexicana en el periodo considerado permite sostener que su análisis sociológico, realizado hacia el pasado o hecho para la época de entonces, estuvo ausente y por hacerse, pese a los esfuerzos realizados. La posible excepción a la generalidad, podría decirse, sería el intento de Leopoldo Zea que, pese a todo, no fue sino una reflexión cercana, en cierto sentido, a los escritos políticos críticos de aquel entonces. Además, las propiedades más recurrentes de la mayor parte de los productos sociológicos las constituyeron (1) el contenido jurídico, al menos en el “capital cultural” de los autores; (2) los pequeños ejercicios históricos para dotar de mínimo contenido a las definiciones de democracia o para abordar problemas específicos referentes al espacio político mexicano; y (3) las llamadas al orden o la prescripción para señalar cuánto la realidad política, sin conocerla real o profundamente, se alejaba de los patrones democráticos considerados pertinentes, cuyos esfuerzos en su construcción fueron los mayores invertidos. Dicho en otras palabras, la contribución que hizo la sociología en torno al estudio de la democracia mexicana en el periodo considerado fue, en todo caso, incorporarse en la arena de la definición conceptual, caracterizada por su escasa concreción material y contemporánea a la época, además, paralelamente, el señalamiento que la experiencia política, poco conocida, debía acercarse al ideal de democracia por ella definida.

Finalmente, es insuficiente sostener que un análisis sociológico de la democracia mexicana estuvo ausente y por hacerse con el hecho de que en todas estas producciones se careció de la constatación empírica o de un tratamiento del fenómeno que recurriera a los hechos de manera sistemática por medio de proposiciones o hipótesis sociológicas. Sin embargo, la observación del tipo de propiedades de estas producciones las sitúa más en el ámbito del pensamiento político y social, muy alejado de los espacios con mayores contribuciones al respecto, y las aleja de un ámbito propiamente sociológico, el cual no existía para este objeto o, más precisamente, se estaba constituyendo como tal en términos generales, no obstante avances significativos.

De entre las condiciones sociales que hacen posible el desarrollo de un trabajo académico, la más obvia es también la menos investigada. La scholé, es decir, aquella situación que posibilita la distancia entre el observador y el objeto, y cuyo principal sustento no es precisamente el espacio académico, permanece las más de las veces en estado impensado. De esta forma, cuando pretendemos mostrar las condiciones sociales que hacen posible la generación de una obra cuya relevancia es clara, nos referimos a los procesos que, en conjunto, configuraron esa situación. Algunos de ellos resultarán bastante obvios, pero su importancia no será evidenciada sino en función de las relaciones que entre los distintos procesos se establecen; en este sentido, todas y cada una de esas relaciones han sido construidas a la luz de un interés específico: la aparición, significado e implicaciones de La democracia en México.

Abordemos primero una serie de cambios que acontecieron en el espacio de poder. Éste se constituyó en objeto de estudio para la sociología tal vez como consecuencia de esos cambios y de la percepción que de los mismos comenzaron a tener las ciencias sociales. Éstos fueron abordados por Lombardo Toledano casi en el momento de su gestación. Además de una evaluación del tipo de régimen emanado de la revolución, el autor elabora una primera teoría del mismo, advirtiendo los cambios en su composición, centrándose principalmente en la figura del poder ejecutivo.

De los distintos periodos presidenciales que van de Venustiano Carranza a Miguel Alemán es posible, nos dice Lomabardo Toledano, establecer una diferencia marcada por la transición de un gobierno de caudillos al de una burguesía burocrática o parasitaria. Respecto a la caracterización de ambos, y al proceso mediante el cual uno sucede al otro, Lombardo Toledano escribe: “[El de los caudillos] es un período de altas y bajas, de avances y retrocesos, de realizaciones constructivas y de capitulaciones y aún traiciones; pero su saldo de conjunto puede considerarse positivo. Los caudillos están cerca todavía del gran aliento popular de la Revolución. Sin embargo, al mismo tiempo que, bajos sus diferentes gobiernos se asestan los golpes más rudos al pasado feudal y a la dominación imperialista, su política, como es históricamente incontrovertible, crea las bases para el surgimiento de la nueva burguesía mexicana. Una burguesía cuyo sector más positivo está formado por los industriales nacionalistas y cuya ala más amenazante la constituye una burguesía burocrática, pegada a los favores del poder, corrompida y entreguista”56.

En efecto, mientras las características de los caudillos van desde su cercanía y activa participación en el periodo revolucionario, la burguesía burocrática se caracteriza por su indiferencia hacia la historia de México y de su lucha revolucionaria, así como por su subordinación al imperialismo estadounidense57. Así, el diagnóstico de Lombardo Toledano basado en variables como la independencia nacional, el nivel de vida del pueblo y su régimen democrático en esta segunda etapa resultaba poco alentador.

Hay algunos otros aspectos que van parejos a este ascenso de la burguesía burocrática. Muchos de ellos han sido descritos, y explicados, por varios investigadores, entre ellos el mismo González Casanova. Se trata, nos parece, de un conjunto que, ya sea mediante movilizaciones sociales o a través de la crítica intelectual, se caracteriza por haber puesto en duda el rumbo de la revolución, lo mismo que el pacto social entre las clases que integraban su partido, así como el modelo económico imperante. Teórica y prácticamente la revolución y su partido comenzaban a ponerse en duda58.

En lo que al ámbito internacional se refiere, se ha mencionado la influencia que la revolución cubana ha tenido en la formación de una izquierda que emergió a finales de los años cincuenta, al margen del partido comunista mexicano. Debido a que se trataba de una izquierda fundamentalmente intelectual y universitaria, fuertemente influida por el marxismo francés, su repercusión en el ámbito de las ciencias sociales, particularmente en la ENCPS, lo mismo que su interés y entusiasmo hacia la revolución cubana, marcó definitivamente su rumbo en la década siguiente59.

Al parecer el rumbo tomado por la revolución después del periodo cardenista, aunque más específicamente durante el gobierno de Miguel Alemán, generó un cierto descontento ante las primeras consecuencias de estos cambios, inicialmente entre los sectores obreros, generalizándose a las clases medias. Frente a esta situación los ámbitos intelectuales no permanecieron indiferentes y la sociología no fue la excepción, pues si bien en un principio las críticas hacia este cambio de rumbo de parte del estado, lo mismo que su partido y la alianza entre sus sectores, se vertió desde el periodismo político, pronto se les incorporó la academia, particularmente a través de sus disciplinas sociales. Esto fue posible gracias a una serie de cambios, aunque éstos al interior del espacio universitario y cuyo inicio puede datarse a partir de 1929 y hasta 1965, año de la publicación de La democracia en México60.

1929 es el inicio de un periodo fundamental en la vida de la UNAM, puesto que a partir de ese año, y hasta 1945, se define un tipo de autonomía universitaria que, para el caso de la sociología en particular, determinó en gran medida el cambio de rumbo de ésta dos décadas más tarde. Al respecto, consideramos pertinente hacer una breve descripción de este proceso.

La posibilidad de que las instituciones universitarias se organicen a sí mismas y administren sus recursos ha sido destacada por muchos como un elemento fundamental para su desarrollo. Sin embargo, en el caso de la UNAM, el otorgamiento de la autonomía en 1929 y la reforma a la ley en el año de 1933 tenían algunas deficiencias. La primera ley otorgaba a la Universidad una autonomía bastante limitada ya que ésta se subordinaba en gran medida al presidente de la república y a su secretario de educación pública. De manera contraria, la ley de 1933 puso a la institución en total autonomía respecto al régimen, lo que significó también su independencia económica; la penuria financiera de la institución trajo como consecuencia su cierre temporal.

Las dos leyes tenían en común algunos aspectos que deben ser destacados. Por un lado, se presentan en un contexto en el que las relaciones entre el estado y la Universidad no eran del todo buenas. Y ambas partes tenían razones para que así continuaran: para el estado y su régimen revolucionario la Universidad no representaba ni satisfacía los intereses de las mayorías por él defendidas, en tanto que el tipo de educación propuesta por aquél resultaba peligrosa para una universidad francamente conservadora. Por otro lado, destaca que ambas leyes hayan tenido su epicentro fuera de la universidad, es decir, que la autonomía definida en 1929 y 1933 tuvieron un origen totalmente heterónomo, precisamente como consecuencia del conflicto antes señalado. Sin embargo las relaciones parecieron mejorar momentáneamente en 1935 con la rectoría de Luis Chico debido principalmente a la cercanía de éste con el régimen; cinco años antes, en su papel de fundador del IIS, esa misma cercanía había definido el carácter de dicho instituto61.

En 1945, a consecuencia de una serie de disputas internas, algunas de las cuales fueron consecuencia de las deficiencias de la ley de 1933, el presidente Manuel Ávila Camacho convocó a la formación de una “junta de avenimiento” formada por algunos exrectores de la Universidad. Su objetivo: designar al nuevo rector y establecer las bases para un gobierno provisional, en tanto que éste revisaba y modificaba el estatuto universitario. Todo concluyó con la elaboración de una nueva ley orgánica, sobre la cual sólo quisiéramos destacar algunos puntos.

La diferencia entre esta ley y las anteriores, pese a las deficiencias apuntadas desde el principio por los estudiantes62, algunas de ellas cada vez más evidentes en los últimos años, es que tiene su origen desde la universidad. Al respecto, Alfonso Caso dirá que por vez primera se ha solicitado a la Universidad exprese sus aspiraciones y las plasme en una ley. La nueva ley presentó una serie de diferenciaciones: éstas tuvieron que ver (1) con la separación entre aspectos de tipo técnico y aquellas de tipo ejecutivo, así como con (2) la división entre las distintas funciones de la Universidad, división que no sólo fue llevada a cabo a un nivel administrativo. Como se verá más adelante, son estas últimas diferenciaciones las que tuvieron cierta relevancia en el desarrollo de la sociología, debido principalmente a las implicaciones que tuvieron en las relaciones entre el IIS y la ENCPS, fundada en 1951.

Consideramos la autonomía universitaria en dos sentidos: uno como condición necesaria para el establecimiento de una distancia respecto al poder del estado y, dos, como posibilidad institucional de hacer del estado un objeto de estudio. Podría decirse que fue esta última cuestión, junto con la generación de las condiciones para su ejercicio, la que definió el rumbo de la sociología mexicana en la década de los sesenta.

Hasta el momento han sido descritos dos procesos muy generales y ahora toca el turno al ámbito específico de la sociología. Sin embargo, quisiéramos abordar este espacio no desde una perspectiva formal, las más de las veces identificada con los supuestos, las teorías y los métodos, que en última instancia se remiten a la producción escrita, sino que más bien nos ocuparemos de las condiciones de producción de un tipo específico de sociología.

En 1951 es fundada la ENCPS. El proyecto se retardó casi dos años, debido a la polémica suscitada por su constitución, principalmente por la carrera de administración pública63, y su elaboración corrió a cargo de Lucio Mendieta y Núñez tomando como referencia los distintos programas de escuelas de ciencias sociales, principalmente europeas. Cabe mencionar que siendo entonces director del IIS y organizador de los congresos nacionales de sociología, la escuela no incluía la licenciatura en sociología sino la de ciencias sociales. Los programas establecían una formación común de dos años en tanto que los dos restantes correspondían a la formación específica. En lo que a la licenciatura en ciencias sociales se refiere, en su programa de estudios predominaba, en primer lugar, la enseñanza de idiomas (la quinta parte del tiempo, incluyendo la formación común); los cursos sociológicos (historia de la sociología, sociología general, sociología del derecho y de la familia, entre otros); y los que abordaban temas nacionales (historia de México, sociología de México, etc.)64. Sin embargo, debido a la inexistencia de una disciplina sociológica, así como de un cuerpo de docentes encargados de cultivarla, la planta de profesores estaba formada por abogados, filósofos, historiadores, antropólogos y algunos economistas. Si bien “en los 10 años anteriores se habían emprendido esfuerzos orientados a la construcción de la sociología como disciplina independiente, no fueron suficientes para sostener un programa docente dirigido a la formación de practicantes profesionales de la misma. Esta fue la razón por la que se recurrió al conocimiento acumulado en los lustros anteriores por las disciplinas de las que desprendió posteriormente la sociología y de las que ya se había separado institucionalmente: el derecho, la antropología y la etnografía”65.

Del periodo de constitución de la ENCPS cabe destacar dos cosas. En primer lugar, el proyecto fue concebido en el marco de la separación entre docencia e investigación, sancionada institucionalmente. Tal situación no sólo llevó a la separación entre la ENCPS y el IIS sino a un desconocimiento de los trabajos de investigación de éste, entre ellos los del propio Mendieta y Núñez, por parte de las nuevas generaciones. De la incomunicación entre ambas instituciones derivó también la incomunicación de los supuestos en base a los cuales se orientaba el trabajo de la sociología representada por Mendieta y Núñez: la definición del campo de estudio de la sociología y de la forma en cómo abordar sus objetos, así como la función de la investigación. Es decir, que del primer periodo de la ENCPS (1951-1957) pueden destacarse (1) la distancia entre ésta y el IIS, pese a las participaciones de Lucio Mendieta en distintas actividades de la escuela y (2) la preponderancia de abogados en la conformación de  la planta docente, aunque cada vez en menor medida66.

Las preocupaciones de las primeras generaciones de la ENCPS, al igual que las de los profesores más jóvenes, se ubicaron en el contexto de un México moderno y éstas resultaban, aparentemente, distantes a las preocupaciones que, en su momento, habían dado fundamento a la práctica de la sociología en sus inicios. Si en 1939 a ojos de Lucio Mendieta la colaboración con el régimen revolucionario era imperativa, en la segunda mitad de la década de los cincuenta, pero fundamentalmente en los años sesenta, esta relación no estaba dada de antemano.

El segundo periodo en la historia de la ENCPS inicia con la dirección, durante dos periodos, de Pablo González Casanova. Pese a su juventud, la formación de González Casanova se había llevado a cabo en el ámbito de las ciencias sociales tanto en México como en el extranjero, lo cual constituye la principal diferencia con los directores anteriores y también ha sido un elemento fundamental para entender, en buena parte, el cambio en el rumbo de la sociología mexicana.

Habiendo cursado una maestría en ciencias históricas a través de un programa de colaboración entre el Colegio de México, la Escuela Nacional de Antropología e Historia y la UNAM, y hecho estudios de doctorado en Francia con sociólogos como George Gurvitch, Pablo González Casanova ingresó al IIS en 1950 a invitación de Lucio Mendieta y Núñez, quien había sido amigo de su padre, y a mediados de la misma década se incorporó a la ENCPS en donde impartió la cátedra de “sociología de México”67. En 1957 es nombrado director de la ENCPS y su periodo culminará casi a la par de la publicación de La democracia en México. De entre los muchos cambios que bajo su dirección se dieron nos interesa destacar los siguientes.

Cambios en la planta docente. Como el mismo González Casanova menciona, la falta de sociólogos en México y en América Latina lo llevó a recurrir a profesionales de otras disciplinas cercanas a la sociología, tales como la antropología y la historia, ambas disciplinas cultivadas en la ENAH. De entre los profesores provenientes de esta institución destaca el antropólogo Ricardo Pozas. “[En] cuanto había plazas vacantes, en lugar de otorgarlas a abogados, se le daba preferencia a los historiadores, a los antropólogos con vocación por la sociología y la politología. En búsqueda de enfoques que estuvieran más acordes con lo que son las ciencias políticas, se hizo un llamado a gente nueva... buscábamos profesores con una óptica distinta a la del jurista, una perspectiva que diera cuerpo a una Escuela de Ciencias Políticas y Sociales distinta de la Facultad de Derecho... había que sentar las bases para una selección de profesores de alto nivel, con un  pluralismo ideológico muy amplio y con vocación por el estudio de las estructuras reales del poder, de la cultura, de la sociedad contemporánea”68. La planta docente contaba con profesores que, como el mismo González Casanova, se declaraban políticamente como de izquierda; entre ellos destacan Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara y Enrique González Pedrero, todos ellos considerados fundadores de la nueva izquierda mexicana y cuya influencia también fue determinante en la significación de nuevos problemas sociales, lo mismo que su disposición a observar los problemas nacionales e internacionales con un enfoque marxista.

La reforma a los planes de estudio. Ésta incluyó la incorporación de materias de metodología, estadística y demografía, así como un aumento de materias sobre el México actual. La intención era brindar las herramientas necesarias para el estudio de lo que González Casanova consideraba uno de los principales objetos de la sociología mexicana: las estructuras reales del México contemporáneo. Su estudio no podía prescindir del manejo de datos que, a la par del proceso de modernización, se venían generando cada vez en mayor cantidad. Junto con estos cambios también se formalizó el servicio social y se instituyó la práctica de campo.

La política como práctica y objeto de estudio. Ante la cada vez mayor politización del ambiente universitario, ésta se encauzó a través de caminos muy distintos a los que se venían dando en la vida universitaria. Si bien a nivel institucional las sociedades de alumnos gozaban de reconocimiento desde hacía tiempo, estas se caracterizaban por su estructura antidemocrática. Reconocida por González Casanova como una obsesión durante su dirección al frente de la escuela, la democratización de la política estudiantil fue posible mediante la organización de la misma en partidos políticos. De una parte, la formación de partidos políticos hizo posible el reconocimiento de la pluralidad de las distintas posiciones políticas en la escuela, mientras que por otro lado, rompió con la concepción tradicional de la política estudiantil, representación que no sólo no correspondía con el espacio en el que se desempeñaba sino que ocultaba esa pluralidad de intereses bajo una apariencia técnica que hacía imposible la democracia entre los estudiantes.

En relación con lo anterior, se dio reconocimiento institucional al tipo de preocupaciones que surgieron principalmente a partir del triunfo de la revolución cubana. América Latina fue concebida como un objeto de análisis que trascendía en mucho el ámbito académico y la investigación en torno a sus muchos y tan variados procesos se hacía cada vez más urgente. La fundación del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) en 1959 tuvo como principal objetivo atender estas preocupaciones. Más tarde, en 1964, es creado en Centro de Estudios del Desarrollo (CED) con el objetivo de producir investigaciones sobre la realidad nacional69.

Algunas de las condiciones sociales que hicieron posible la aparición de La democracia en México pueden agruparse según su temporalidad y espacialidad mas no debido a su determinación o necesidad. Si se intentara establecer la prioridad de alguno de los procesos sobre los demás, bastaría con oponerle las relaciones que entre ellas se establecen en base a los criterios antes referidos. Es decir, que los procesos que tienen lugar en un espacio exterior a las ciencias sociales carecen de importancia sin la significación que ese espacio podría darles. Lo mismo podría argumentarse en una situación opuesta: aquellos cambios en el espacio de las ciencias sociales, y en sus observaciones, resultan incomprensibles si no prestamos atención a ese espacio aparentemente externo y del cual el campo de la ciencias sociales no es sino una expresión más o menos transfigurada. En lo que a la temporalidad se refiere, la relevancia de los procesos más generales y profundos no siempre es advertida en el momento en que se gestan ni a través del estudio de sí mismos, sino en la distancia y a la luz de lo más inmediato y particular.

Los siguientes enunciados pretenden llenar un poco el enorme vacío que existe en asumir a La democracia en México como un objeto de análisis, y no uno de lamentaciones, rechazos, censuras o, contrariamente, alabanzas, regocijos o reverencias, de los cuales no carecemos, y pretenden procuran ir más allá también del ofrecimiento de escuetos comentarios a propósito de ella70.

Es un hecho que hasta 1965 la sociología mexicana no había difundido una obra semejante a La democracia en México; de tal suerte, sin grandes esfuerzos, fue evidente asumirla como una enorme contribución al esclarecimiento de la sociedad mexicana y, particularmente, al develamiento de los fenómenos que ahí se abordaron. Por otra parte, compartimos junto con Enrique Suárez-Iñiguez que esta obra es discutible de inicio a fin71 y cuarenta años de investigación transcurridos podrán decir más precisamente, si alguien los toma como objeto de análisis, qué tanto fue precisado, ampliado, impensado o refutado, además de la actualización de las inevitables transformaciones que ha producido el movimiento de la sociedad mexicana en general y de los grupos sociales con mayores posibilidades para llevarlo a cabo en particular. Pronunciarse ante esto último, es desbordar nuestros objetivos propuestos; hablaremos más bien de significados o de herencias que esta obra particular dejó al momento de plantearse un objeto como la democracia mexicana.

Si observamos el tipo de propiedades que dieron forma a los productos sociológicos anteriores a 1965, cuyo objetivo fue reflexionar en torno a la democracia o al espacio político mexicano, se constata que La democracia en México es, en una palabra, su negación. Además, si tomamos en cuenta que una cantidad importante de ellos formaron parte de unas maneras de hacer sociología cuyo referente o inspirador principal fue Mendieta y Núñez, la obra es, también, su ruptura ejemplar, debido por lo menos a los siguientes motivos: se rechazó de manera categórica el exclusivo comentario y reflexión propias del pensamiento político y social. Se rehusó del ejercicio histórico superficial o con objetivos instrumentales. Se resistió la concurrencia desarmada de referencias empíricas detalladas y contemporáneas en las definiciones conceptuales. Se omitió las llamadas al orden hacia una serie de referencias ideales y conocidas realmente poco. Se opuso a las miradas rápidas de fenómenos pretendidamente aislados. Se combatió la ausencia del sustento bibliográfico o de investigaciones previas para respaldar las aseveraciones. Y se rechazó la mirada tanto muy global, que supeditaba la especificidad mexicana, como la muy particular, que desconocía las relaciones entre los principales espacios sociales en donde se presentaba el fenómeno de análisis. Se trató de una ruptura también porque se poseyó y se puso en práctica un capital sociológico particular y considerable, pese a sus “orígenes ideológicos opuestos” y “contradictorios”72, en torno a la hoy nombrada sociología política, y porque se excluyeron consecuentemente contenidos de política práctica o estrictamente históricos, jurídicos (sobre todo), filosóficos o conjuntos de ellos, ejercidos, por otra parte, débilmente o sin rigor. En resumen, como señaló Víctor Flores Olea poco después de la publicación de la obra73, La democracia en México impuso, de ese entonces en adelante, indispensables propiedades para toda investigación que pretendiera ser sociológica y hablara de la democracia en México y de sus fenómenos relacionados.

La herencia de más largo aliento temporal de esta obra, en este sentido, fue, sin lugar a dudas, instaurar una arena de batalla particular en la que las probables inversiones no podrían ser hechas sin cubrir las necesarias cuotas de entrada; todo aquel planteamiento que no las cumpliera o satisfaciera, quedaba posiblemente censurado de manera automática y excluido de los beneficios que otorgaba pronunciarse alrededor de la democracia mexicana desde un punto de vista sociológico74.

Un primer significado se encuentra en la emergencia de un ámbito específico al interior de la sociología mexicana que estaba constituyéndose en general; surgimiento particular que contribuía significativamente a que el espacio sociológico mexicano se instaurara sin vacilación. Un ámbito particular gobernado ahora por sus propias reglas de juego: la posesión considerable de capital sociológico específico, construido, vale señalarse, en otras partes del mundo e interpretado o ajustado según la realidad nacional; la apuesta de proposiciones contrastables; y el sustento así como el apoyo de datos manejados e interpretados sistemáticamente.

La obra de González Casanova no sólo creó un ámbito sociológico particular, sino ofertó una apuesta específica hacia la democracia mexicana. Tratar detalladamente a la obra es una tarea que no haremos aquí; pensamos que no existe mejor referencia que la obra misma. El viraje o cambio de estilo frente a este ejercicio que aparece como irrenunciable, es adentrarnos en el supuesto que la hizo posible. Este planteamiento se enfrenta con la circunstancia de que éste, al igual que el contenido de la obra, son deudores de las preocupaciones y de los problemas que a principios de los años sesenta se presentaban como urgentes de análisis, y que hoy en día han desaparecido o han perdido fuerza frente a otras preocupaciones y otros problemas que marcan actualmente las urgencias de investigación. Pese a esta obviedad, pero de complejidad importante para resignificarlos y hacerlos entendibles a los tiempos de hoy, se intentará hablar de aquel supuesto que sus apremiantes y referentes sociales más inmediatos permitan ser desprendidos y, por tanto, abordarlo sin ningún tributo hacia ese pasado; ejercicio posible sólo relativamente.

El supuesto fue su perspectiva relacional, en donde el fenómeno de la democracia no es asumido en su particularidad, como fenómeno estrictamente político por ejemplo y delimitado en algún caso concreto, sino en relación con otros procesos sociales que en ese entonces eran concebidos de importancia nacional, principalmente el del “desarrollo”, asumido no sólo como un problema que refería a la eficiencia en la distribución de la riqueza, sino como uno de “orden moral y político”.

Dicho en otras palabras, los dos objetos de estudio principales de La democracia en México: las posibilidades reales de “desarrollo” del país así como las posibilidades reales en el avance del proceso de democratización en México, se asumían como fenómenos que dependían mutuamente o que estaban ambos en función del otro, como finalmente concluyó la investigación75. Y se exigía para su análisis una perspectiva relacional y de alcances nacionales que se concretara en el combate de planteamientos acerca de “dimensiones específicas”, pretendidamente aisladas.

Se combatió, por una parte, el “formalismo político” (análisis que se remitía sólo al texto constitucional, lugar canónico de la “estructura política formal”, considerando solamente sus aspectos teórico-jurídicos liberales, deudores de las experiencias políticas europeas o norteamericanas), y se estudiaba, contrariamente, cómo funcionaba en realidad la estructura de gobierno en México, totalmente opuesta al modelo jurídico de importación. Se develaba asimismo los límites que tenía esa estructura de poder al estudiar el que poseían ciertos grupos específicos, cuya influencia en la toma de decisiones con respecto a los dos fenómenos de interés era muy considerable. Las dos realidades sociológicas descubiertas eran una concentración de poder desmesurada en el presidente76 y la relatividad del poderío presidencial al constatar otros “factores de poder”, entre los más importantes: el cacicazgo y el caudillismo a niveles local y regional; y, sobre todo, el más moderno de todos, los empresarios (particularmente los extranjeros y, más precisamente, los estadounidenses77).

Este último “factor de poder”, por otra parte, daba inicio a otro frente que cubría la perspectiva relacional: el perteneciente a la “dinámica externa de la desigualdad” entre Estados Unidos y sus empresas y el poder del gobierno mexicano o, dicho en otras palabras, se daba cuenta del fenómeno llamado “efecto dominio”78.

Una perspectiva relacional no sólo consideraba la “estructura real del poder”, develando dos realidades sociológicas, sino era relacionada a la vez con su sustento propiamente social: los grupos sociales que la conformaban. Esta otra avanzada en el análisis constataba otra propiedad sociológica del mundo social mexicano: se trataba de una sociedad estructuralmente desintegrada a nivel nacional, caracterizada, de un lado, por la inclusión de unos en los beneficios económicos, en el consumo de bienes culturales y en la actividad política (por ejemplo ejercer la constitución, defenderse en derecho, organizarse, tener partidos, votar, entre otros), o, dicho en otras palabras, los que participan en todo. De otro lado, por una gran mayoría, cada vez más creciente en “números absolutos” que al ser marginal o excluida de un ámbito, por ejemplo de la actividad política, era muy probable que lo fuera también de todos los demás.

Esta realidad fue nombrada “sociedad dual” o “plural”, y las relaciones de poder que mantenían los que pertenecían al polo de la inclusión sobre el marginal fueron nombradas “colonialismo interno”, un “fenómeno mucho más profundo” que explicaba en buena parte a esta sociedad mexicana79. Esta otra realidad sociológica, la existencia de un México social, económica y políticamente marginal (el sector que no tiene nada), cuyo porcentaje con respecto a la población total pasaba del 50% en los años sesenta80, era fundamental al hablar “en serio” de democracia81 o, también, de otras preocupaciones de la época, como la “estabilidad política”, el “progreso nacional” o el “desarrollo económico”.

Era fundamental también para demostrar y sustentar la hipótesis principal de la investigación puesto que las medidas hacia el llamado “desarrollo”: mayor urbanización, mayor alfabetización, diversificación de mercados o ampliación del mercado interno, ley de inversiones extranjeras y redistribución del ingreso, por medio básicamente del incremento de los salarios reales y la redistribución de la carga fiscal, entre los principales, aumentaban las posibilidades de integración nacional, fundamental para hablar de democracia. Pero el proceso de democratización tenía que caracterizarse particularmente por transformaciones significativas al nivel de la organización política de las principales estructuras de poder en México, para que las medidas o tomas de decisión en materia de desarrollo aumentasen sus posibilidades de concreción.

Las medidas anteriores en materia de economía política que estaban relativamente claras (y que habían sido ya enunciadas por ciertos economistas desde hacía algún tiempo), no se concretaban82, agregaba el sociólogo, por la carencia de una presión social constituida, nacional, organizada e inmersa en la transformación de la organización política de las principales estructuras reales de poder en el país, las cuales se presentaban como verdaderos obstáculos a las decisiones del “desarrollo”83. Ahí estaba entonces la hipótesis: se observaba la complementariedad de los dos procesos sociales para llevarse a cabo y ahí había que poner el acento en el análisis, cuya proposición incluso fue confirmada desde dos ópticas diferentes que, para la época, aparecían totalmente contrarias y en pugna, lo cual no mostraba, a nuestro parecer, sino una posesión de capital sociológico considerable84.

Finalmente, diagnosticar un fenómeno y mostrar las razones sociales a las que estaba sujeto desde una perspectiva relacional no implicaba en absoluto profetizar sobre su rumbo exacto. El diagnóstico sostenía más precisamente que las posibilidades de democracia en México, así como las del “desarrollo”, dependían en realidad del estado y de la dinámica de las relaciones de fuerza entre diversos grupos sociales, tanto al interior de las estructuras reales de poder como en las que se incorporarían los totalmente desfavorecidos, así como del combate nacional frente al llamado “efecto dominio”, ejercido fundamentalmente por los Estados Unidos. El análisis, en todo caso, contribuía a esta lucha estrictamente política en su esfuerzo por clarificar u objetivar su estado y su dinámica, y exhortaba también a tomar y a realizar las medidas que se creían necesarias, según la investigación, para aumentar las probabilidades de esos dos procesos en función de la posición de los grupos sociales interpelados.

De tal modo, la democracia estaba en función de otro proceso social, de “mayor importancia” en aquel entonces, y ella misma era vista como un proceso social en construcción, el cual condicionaba también al otro, cuyas orientaciones de ambos dependían realmente de la lucha entre los grupos sociales que podían emprenderla. Sin duda se trataba de una perspectiva relacional, de alcances nacionales, y de una apuesta que posteriormente estaría sujeta al combate desde otras perspectivas. Pero esta nueva posibilidad no fue sino producto de la emergencia de un ámbito sociológico particular.

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Notas

1 “Prefacio”, en Tentativas, Prohistoria, Rosario, Argentina, 2004, p. 43. Trad. Ventura Aguirre Durán, intro. Carlos Antonio Aguirre Rojas.
2 Cuando uno se inmersa en la mirada histórica no puede omitir las recomendaciones que hizo el historiador francés Fernand Braudel de pensar en términos de “larga duración” y de trascender la más “caprichosa” de las duraciones históricas (el tiempo corto o el tiempo del cronista o periodista), así como el tiempo de la “coyuntura”. Ante tales sugerencias y sabiendo que se concretan en estudios que consideran fenómenos implicados en periodos de 100, 150 o más años para abordarlos desde su “profundidad” o “semiinmovilidad”, un objeto que data de 1930 o, más aún, de 1965 (véase más adelante), no puede dejársele de concebir como históricamente reciente. Cf. entre otros, Fernand Braudel, “La larga duración”, en La historia y las ciencias sociales, Alianza, Madrid, España, 2002, pp. 60-106, particularmente 74, 84, 106. Trad. Josefina Gómez Mendoza; del mismo autor, “La historia operacional: la historia y la investigación del presente”, en Contrahistorias. La otra mirada de Clío, México, núm. 2, marzo-agosto, 2004, pp. 29-40.
3 Si algún investigador se ocupó en desenmascarar los contenidos propiamente sociales (entre otros, las “relaciones de fuerza”, los “monopolios”, las “estrategias”, las “luchas”, los “intereses” o los “beneficios”) de los “espacios puros” o “simbólicos”: como el del arte o el de la ciencia o el de todos aquellos que producen bienes culturales y simbólicos, fundados en la condición de scholé, fue, sin lugar a dudas, el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Las nociones de “inversión”, “apuesta” o “envite”, “competencia” e “inmersión”, aquí sólo referidas, remiten a esta sociología del espacio simbólico, que pretenden explicar su funcionamiento real y social. Para una ampliación de esta sociología y del cuerpo sistemático de sus conceptos, véase, entre varios posibles, tres indispensables: “El campo científico”, en Intelectuales, política y poder, Eudeba & Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina, 2000, pp. 75-110. Trad. Alicia Gutiérrez, 1ª reimp. (este texto puede encontrarse también en P. Bourdieu, Los usos sociales de la ciencia, Nueva Visión, Buenos Aires, Argentina, 2000, pp. 11-57. Trad. Horacio Pons). “Crítica de la razón escolástica”, “Las tres formas del error escolástico” & “Los fundamentos históricos de la razón”, en Meditaciones pascalianas, Anagrama, Barcelona, España, 1999, pp. 9-168. Trad. Thomas Kauf. Y El oficio de científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad. Curso del Collège de France 2000-2001, Anagrama, Barcelona, España, 2003, 212 p. Trad. Joaquín Jordá.
4Podrían mencionarse gran cantidad de casos de cómo la sociología demuestra tal aseveración. Considérese, por lo menos, dos eventos. Por una parte, los supuestos que estuvieron detrás del “empirismo ciego” y de la “teoría sin control” tal cuales llevó a cabo la sociología en Estados Unidos, cuya influencia fue casi mundial después de la segunda posguerra hasta principios de 1960, no fueron producto sino del “organigrama burocrático” en la que se desarrolló y se administraba en las universidades. Cf. P. Bourdieu, J.-C. Chamboredon & J.-C. Passeron, “Sociología del conocimiento y epistemología”, en El oficio de sociólogo. Presupuestos epistemológicos, Siglo XXI, México, 2000, pp. 99-110, particularmente 100-104. Trads. Fernando Hugo Azcurra & José Sazbón, 22ª ed. Por otra parte, la representación dominante de la ciencia o, más precisamente, la que asumen e imponen ciertos grupos de científicos, caracterizada por una supuesta objetividad (en donde tiene que minimizarse la acción de los sujetos), impersonalidad y formalidad de su discurso, produce una comunicación falsa o hipócrita de lo que es ella al momento en que reporta, de manera oficial, los pormenores en el laboratorio, ocultando o disimulando lo que se hace, se habla y se discute informalmente, es decir, el cómo se la hace en realidad y en estado práctico; saber hacer transmitido, sin embargo, en ocasiones menos informales. Cf. los “estudios de laboratorio” de G. N. Gilbert & M. Mulkay citados en Pierre Bourdieu, “El estado de la cuestión”, en El oficio del científico, op. cit., pp. 46-50.
5 Una visión realista de lo que sucede en el espacio científico (léase también sociológico) no reduciría las apuestas o las luchas específicas que se desarrollan en su interior a las estrictamente epistémicas y lógicas o, en contraparte, a las solamente políticas, sino a una implicación mutua, la cual se orienta a un polo o a otro según las condiciones posibles para consagrar la autonomía del espacio y, paralelamente, según la acumulación colectiva de capital científico específico; dicho en otras palabras, según la alza de los derechos de entrada para invertir en él de manera competente, esto es, una inversión armada de capital suficiente. Cf. Pierre Bourdieu, “El campo científico”, op. cit., pp. 76-80.
6 Se trata, en una palabra, de recuperar la “lección de Parménides”, que se concreta, en pocas palabras, en el hecho de que en cada disciplina existe una jerarquía de objetos tratados y, también, una jerarquía de las maneras de abordarlos, las cuales orientan las inversiones hacia ellos y ellas para el beneficio intelectual, simbólico y material. Cf. Pierre Bourdieu, “Método científico y jerarquía social de los objetos”, en Intelectuales, política y poder, op. cit., pp. 147-152.
7 Cf. por lo menos, Alfredo Andrade, La sociología en México: temas, campos científicos y tradición disciplinaria, FCPS, UNAM, México, 1998, pp. 35-75; Ledda Arguedas & Aurora Loyo, “La institucionalización de la sociología en México”, en varios autores, Sociología y ciencia política en México. (Un balance de veinticinco años), Instituto de Investigaciones Sociales & Coordinación de Humanidades de la UNAM, México, 1979, pp. 5-37; Lidia Girola & Margarita Olvera, “La sociología en México en los años cuarenta y cincuenta”, en Estudios de teoría e historia de la sociología en México, UNAM & UAM-A, México, 1995, pp. 65-98; Lorenzo Meyer & Manuel Camacho, “La ciencia política en México”, en varios autores, Sociología y ciencia política en México, op. cit., pp. 63-102; Margarita Olvera, Lucio Mendieta y Núñez y la institucionalización de la sociología en México, 1939-1965, UAM-A & Miguel Ángel Porrúa, México, 2004; José Luis Reyna, “La investigación sociológica en México”, en varios autores, Sociología y ciencia política en México, op. cit., pp. 41-62; Sara Sefchovich, “Los caminos de la sociología en el laberinto de la Revista Mexicana de Sociología”, en Revista Mexicana de Sociología. Una mirada retrospectiva, México, IIS, UNAM, año 51, núm. 1, enero-marzo, 1989, pp. 5-101; y Manuel Villa, Ideología oficial y sociología crítica en México: 1950-1970, CELA, FCPS, México, 1979, 50 p. Serie Cuadernos del CELA, núm. 16.
8 Cf. Fernando Castañeda, “La constitución de la sociología en México”, en F. J. Paoli Bolio (coord.), Desarrollo y organización de las ciencias sociales en México, Miguel Ángel Porrúa & UNAM, México, 1990, pp. 397-430, particularmente 413-424.
9 Cf. Pablo González Casanova, La democracia en México, México, 2ª ed., Ed. Era, 1967, pp. 43-44, 70-71, 81, 124-126, 142-143, 160, 179, 205-206, 221-222.
10 Un análisis, por ejemplo, que hace énfasis en los “factores externos” que marcaron el curso de la sociología mexicana durante el periodo de 1950 a 1970, lo representa el trabajo de Manuel Villa, véase op. cit. Por otra parte, un estudio que acentúa el “análisis intrínseco” durante un periodo de 50 años, de 1939 a 1989, es el trabajo, por ejemplo, de Sara Sefchovich, véase op. cit.
11 Cf. principalmente los trabajos de Villa, op. cit., así como de Sefchovich, op. cit.
12 Cf. Aurora Loyo, Gustavo Guadarrama & Katia Weissberg, “La fundación del Instituto de Investigaciones Sociales y la sociología en México” & “El avance del proceso de institucionalización de la sociología en México, en varios autores, La sociología mexicana desde la Universidad, IIS, UNAM, México, 1990, pp. 3-48.
13 En general, suele fecharse el año de 1929 como inicio de la autonomía universitaria, lo cual es erróneo puesto que, como lo muestran las distintas leyes orgánicas de la Universidad, se trata de un proceso que inicia en el 29 y no concluye sino hasta 1945. Cf. Jesús Silva Herzog, Una historia de la Universidad de México y sus problemas, Siglo XXI, México, 1999, pp. 32-60. 6ª ed. Como causas inmediatas que desencadenaron el movimiento que tuvo como consecuencia el otorgamiento de la autonomía en el 29, pueden mencionarse las inmediatas: la reforma en las maneras de evaluación y la reducción del ciclo preparatorio. Como causas profundas pueden considerarse: el descontento ante el modelo educativo imperante; la insatisfacción ante la obra de la revolución mexicana; el ambiente político consecuencia de la pasada elección presidencial, entre otras. Así, la autonomía universitaria puede considerarse como un deslinde de responsabilidades y una maniobra política. Para un estudio de los antecedentes y causas del movimiento de 1929, véase la obra referida de Silva Herzog.
14 Cf. Aurora Loyo et. al., La sociología mexicana desde la Universidad, op. cit., p. 6.
15 Cf. Renate Marsiske, “La Universidad Nacional de México (1910-1929)”, en Renate Marsiske (coord.), La Universidad de México. Un recorrido histórico de la época colonial al presente, CESU, UNAM, Plaza & Valdez, México, 2001, pp. 117-161.
16 Resulta significativo mencionar que, apenas un año antes, el licenciado Bassols había ocupado la dirección de la Escuela Nacional de Jurisprudencia y renunciado a la misma debido al conflicto estudiantil que finalizó con el otorgamiento de la autonomía universitaria, evitando, como dijo en su carta de renuncia, ser un obstáculo para la resolución del mismo y cediendo el paso a las negociaciones entre los estudiantes y el presidente de la república.
17 Cf. Lidia Girola & Margarita Olvera, op. cit., pp. 76-77; Sara Sefchovich, op. cit., pp. 5-29; Margarita Olvera, Lucio Mendieta y Núñez y la institucionalización de la sociología en México, 1939-1965, op. cit., pp. 41-73.
18 Los estudios históricos de los que nos servimos afirman asimismo que existió junto con la corriente fomentada y producida por Mendieta y Núñez, una de carácter filosófico y de influencia europea, llamada también humanista, la cual sobresalió más durante la década de 1940 y parte de 1950. Cf. Sefchovich, op. cit., pp. 24-27.
19 Cf. L. Girola & M. Olvera, op. cit., p. 96; S. Sefchovich, op. cit., pp. 27-29. Se afirma que durante los diez primeros años de las publicaciones de la RMS, de 47 artículos, 30 consideraron tal preocupación.
20 Las producciones sociológicas durante la década de 1950 y parte de 1960 no sólo tuvieron expresión en la RMS o en las revistas que posteriormente emergieron, como la perteneciente a la entonces ENCPS, sino que se dieron a conocer a través de la publicación anual Estudios Sociológicos del IIS, los cuales comprendieron los trabajos más significativos expuestos en los Congresos Nacionales de Sociología, que, por otra parte, fueron convocados por el propio Instituto, cuya duración, bajo la dirección de Mendieta y Núñez, fue de 15 años. Los dos primeros congresos, de 1950 y 1951, se abocaron a lo que llamaron temas de “sociología general”. A partir del tercer congreso, se delimitaron o se abordaron temas más bien particulares.
21 “[Se trataba de] …una sociología que se niega a la síntesis, que busca la monografía y pierde la perspectiva nacional e internacional, que rechaza el escritorio y se va al campo con los marcos teóricos de los escritorios de Harvard y Columbia ...y cae con frecuencia en la retórica de las pruebas estadísticas y las correlaciones; que hace énfasis en la psicología, y el comportamiento, y descuida la estructura; que se niega al razonamiento político y se convierte en instrumento político de los intereses creados (.) En América Latina de la posguerra la sociología empirista obra con una agresividad técnica semejante a la de sus antepasados positivistas aunque con una pedantería más sofisticada y cuidadosa (.) La ofensiva fue tenaz y no solamente retórica. El nuevo movimiento buscó crear un especialista, un profesional de las ciencias sociales, técnico y empleado. Usó toda la retórica y los medios de desprestigio académico, y sus razonamientos válidos —la necesidad de una mayor especialización, de un entrenamiento estadístico, de realizar trabajos de campo, de acabar con la antigua retórica— le permitieron introducir elementos inválidos —como la fobia a la historia, a la filosofía, al buen español, al análisis político, y no se diga ya a la lucha contra el status quo, que en los países subdesarrollados y dependientes, es sin duda un requisito mínimo de reflexión y conducta, sin el cual se empobrece todo marco teórico y toda acción o medida de política social”. Cf. “Los clásicos latinoamericanos y la sociología del desarrollo”, en varios autores, Sociología del desarrollo latinoamericano. (Una guía para su estudio), UNAM, México,1970, pp. 24-25.
22 Cf. Ledda Arguedas & Aurora Loyo, “La institucionalización de la sociología en México”, op. cit., p. 18.
23 Esta afirmación la comparten los trabajos de Sefchovich y de Girola & Olvera; la interpretación de ambos trabajos fue justificada al haber revisado los temas de las publicaciones que se hicieron en la RMS durante las décadas de 1940 y 1950. La interpretación de José Luis Reyna, al respecto, considera dos aspectos. Por un lado, la inexistencia de sociólogos propiamente dichos, que realizaran investigación y que abordaran la “problemática nacional”. Por otro lado, era impensable dada la “sociedad autoritaria” existente, pronunciarse en contra del sistema de gobierno. Cf. “La investigación sociológica en México”, op. cit., p. 52.
24 Cf. Margarita Olvera, Lucio Mendieta y Núñez y la institucionalización de la sociología en México, 1939-1965, op. cit., p. 45.
25 Formaron parte integrante de lo que Villa nombró “ideología oficial”, la cual se concretó y desarrolló durante los cinco periodos presidenciales posteriores al de Lázaro Cárdenas. El autor sostiene, por una parte, que los cimientos intelectuales de la nombrada “ideología oficial” fueron el pensamiento antropológico encabezado por Manuel Gamio y, por otro lado, la obra del marxista mexicano Vicente Lombardo Toledano. La primera porque planteaba, desde 1920, encarar y estudiar soluciones prácticas a los problemas nacionales, particularmente los de la heterogeneidad cultural y, concretamente, el “problema indígena”. El autor sostiene también que es este pensamiento antropológico el que heredó a la sociología mexicana hasta principios de 1960, la ocupación por la investigación empírica o de campo, más que a un desarrollo propio de la disciplina o más que a una influencia extranjera, la estadounidense por ejemplo. Por otra parte, la obra de Lombardo Toledano, cuya influencia principal fue durante la década de 1930 y particularmente después de su famosa disputa con el integrante del extinto Ateneo de la Juventud, Antonio Caso, significó para la constitución de la “ideología oficial”, la creencia y justificación del reforzamiento del estado mexicano, concretamente en su papel como organizador del “desarrollo” o como impulsor de la industrialización. Además, significó la creencia en una “alianza” entre las clases, sobre todo en torno de un movimiento de defensa nacional y en lucha contra el “imperialismo”. Cf. Villa, op. cit., pp. 4-15 (del 2do. apartado).
26 Cf. Margarita Olvera, Lucio Mendieta y Núñez y la institucionalización de la sociología en México, 1939-1965, op. cit., p. 72.
27 Cf. ibidem, pp. 41-73, 163-211.
28 Cf. José Luis Reyna, “La investigación sociológica en México”, op. cit., pp. 47-48.
29 Por un lado, nos referimos al hecho de que González Casanova no citó investigación sociológica alguna sobre la democracia mexicana [vid. supra, apartado 2]. Por otro lado, nos referimos al tipo de fuentes que utilizó el sociólogo para escribir la investigación: referencias de investigaciones económicas y etnográficas de México; teoría sociológica propiamente dicha; datos oficiales, principalmente referidos a cuestiones electorales e indicadores de marginalidad y participación política. Nos referimos también al uso de un amplio aparato crítico.
30 Por un lado, se ha hecho un trabajo de búsqueda en las bibliotecas universitarias de sociología más importantes de la UNAM. Por otro, se ha buscado en los índices de publicación de la RMS, de la Revista de Ciencias Políticas y Sociales (hoy Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales) y de los extintos Estudios Sociológicos del IIS. Finalmente, nos hemos servido de dos trabajos bibliográficos sobre lo “más significativo” que la sociología mexicana publicó desde 1950 hasta el año de 1965. Cf. M. Villa, op. cit., apéndice bibliográfico; y Salvador Cordero, “Bibliografía sobre la investigación en ciencias sociales en México: 1950-1977”, en varios autores, Sociología y ciencia política en México. (Un balance de veinticinco años), op. cit., pp. 103-170.
31 Véase para este caso, por ejemplo, Jesús Silva Herzog, “La Revolución Mexicana en crisis”, en Cuadernos Americanos, México, vol. 11, núm. 5, 1943; así como Daniel Cosío Villegas, “La crisis de México”, en Cuadernos Americanos, México, vol. 32, núm. 6, 1947. Para el primer caso véase, por ejemplo, el trabajo de José Revueltas intitulado “México: una democracia bárbara”, de 1956, en México: una democracia bárbara (y escritos acerca de Lombardo Toledano), Era, México,1983, pp. 11-64. Andrea Revueltas & Philippe Cheron (editores); así como el informe de Vicente Lombardo Toledano al Partido Comunista Mexicano publicado en el mismo año, intitulado La perspectiva de México. Una democracia del pueblo: en torno al XX congreso del PCUS, Partido Popular, México, 1956, pp. 31-90. Debido a la importancia de esta última obra, si bien no en su contenido propiamente sociológico, se la considerará en el apartado siguiente.
32 Cf. Manuel Gómez Morín et al., Jus, México, 1962, 131 p.
33 Cf. por ejemplo, R. Fabregat Cuneo, “Los fundamentos de la educación para la democracia”, en Estudios Sociológicos. (Sociología de la educación). Cuarto Congreso Nacional de Sociología, IIS, UNAM, Asociación Mexicana de Sociología & Secretaría de Educación Pública, México, 1954, pp. 185-189. Este artículo concluye principalmente que un programa pedagógico, particularmente para el ámbito de la enseñanza secundaria, debe fomentar la auto y la heteroeducación, así como clarificar las diferencias organizacionales y las libertades existentes de todas las sociedades diferentes; todo ello como parte de una educación para la democracia. Véase también, aunque cargado de un mayor contenido histórico y filosófico, D. Graue Díaz González, “La educación para la democracia”, en ibidem, pp. 191-211. Estos dos trabajos realizaron no sólo un esfuerzo de delimitación del problema en torno a la educación, como se exigía a todas las exposiciones del congreso nacional, además de incorporarse a la serie infinita de definiciones de democracia, sino que también hicieron énfasis en el carácter histórico y social del concepto.
34 Cf. Lucio Mendieta y Núñez, “Emilio Durkheim: el estado y la democracia”, en Revista Mexicana de Sociología, México, año 26, vol. 26, núm. 2, 1964. Pretendiendo explicar a Durkheim, Mendieta sostiene que éste consideraba que la democracia no podía definirse únicamente en sus funciones electorales, sino era la interacción entre gobierno y pueblo, la participación popular en la política del poder y la participación del gobierno en los sentimientos o en las necesidades colectivas, una de las otras características o propiedades de la democracia, acaso la fundamental. Otra era que los asuntos interiores de la sociedad deberían ocupar un sitio considerable en las deliberaciones gubernativas, guiadas por la justicia y la razón. Por otra parte, la evolución propia del estado, separada de la “masa social”, era otra constante de la democracia.
35 Óscar Uribe Villegas, “¿Qué es la democracia? (Ejemplos de: su cambiante significado histórico)”, en Revista Mexicana de Sociología, año. 26, vol. 26, núm. 3, sep-dic, 1964. El autor recurrió a dos casos concretos para poner a prueba esta afirmación. Por un lado, expuso brevemente contrastes generales entre la antigua democracia griega y las “modernas democracias”. Por otro, mostró diferencias entre dos posturas o concepciones de democracia de dos políticos estadounidenses: Jefferson y Jackson.
36 Cf. Leopoldo Zea, “La revolución, el gobierno y la democracia”, en Revista de Ciencias Políticas y Sociales, México, ENCPS, UNAM, núm. 18, 1959; y Rodolfo Stavenhagen, “Un grupo de presión de la clase dominante”, en Revista de Ciencias Políticas y Sociales, México, ENCPS, UNAM, núm. 30, 1962.
37 Cf. L. Zea, op. cit. Concluyó afirmando también que para hacer posible la anhelada democracia, se necesitaba “el desarrollo parejo de todas las clases sociales en México” y “el libre juego político” y la búsqueda de la conciliación.
38 Cf. R. Stavenhagen, op. cit. Tal grupo de interés organizado de la clase dominante se llamaba “Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas”. El supuesto Instituto no se dedicaba a la investigación sino a la propaganda y publicidad de ciertas doctrinas económicas y determinadas posiciones políticas. Tenía tres objetivos: “ ‘Realizar una campaña anticomunista; crear un clima ideológico favorable a la empresa privada y fomentar la oposición de cualquier intervención gubernamental en la economía’ ”, ibidem, p. 671. Por otra parte, se sabe bien que desde el término de la revolución mexicana particularmente, los ojos de los investigadores estadounidenses han centrado su atención en la sociedad mexicana. Cf. por ejemplo, Lorenzo Meyer, et. al., “La ciencia política en México”, en Sociología y ciencia política en México., op. cit., pp. 70-74. Pese a sus maneras, supuestos e interpretaciones para entender a México, es un hecho que las investigaciones estadounidenses forman parte del espacio de la ciencia social mexicano desde principios del siglo XX y, para el caso particular del análisis del sistema político mexicano o del de las relaciones de fuerza entre los grupos sociales en México, tales investigaciones se han adelantado por años a las mexicanas y, sobre todo, se han ido constituyendo cada vez más en referencia obligada.
39 Cf. José Iturriaga, “Los presidentes y las elecciones en México”, en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, México, ENCPS, UNAM, núm. 11-12, 1958; y Manuel Moreno, “El derecho electoral y la evolución política de México”, en Revista de Ciencias Políticas y Sociales, México, ENCPS, UNAM, núm. 37, jul-sep, 1964.
40 Cf. Iturriaga, op. cit. El autor, después del conteo de los hechos sobre la inestabilidad política, concluyó lo siguiente: “…los mexicanos hemos descubierto que el periodo de 4 años propiciaba lateralmente la reelección, al paso que el periodo de 6 la neutralizaba”, ibidem, p. 12. Una de las tesis importantes también es que los cambios políticos que ha sufrido México, particularmente los relacionados a la embestidura presidencial, tan inestable y caótica, no son tan asimétricos con respecto a la evolución socioeconómica y cultural de México. Tesis, sin embargo, no ilustrada o argumentada. Finalmente, si se hacen cortes temporales en los recuentos históricos, se observan, sin embargo, diferencias sustanciales en la estructura política. Por ejemplo, a diferencia del periodo de 1821 a 1917, periodo de mayor inestabilidad y convulsión, en el que corre de 1917 a 1958 la institución se vio reforzada enormemente, sobre todo después de 1934.
41 Los partidos políticos, sostenía el autor, son imprescindibles dentro de un estado democrático porque 1, forman opinión pública; 2, son medios de manifestación popular para la consecución de determinados fines; y 3, los de oposición limitan el ejercicio del poder del partido gobernante. Por otra parte, además de discurrir acerca de temas conceptuales: la relación entre estado y partido; los atributos u obligaciones de todo partido político; la estructura y el funcionamiento de los partidos; la tesis principal, para el caso mexicano, consistió en argumentar sobre la importancia o trascendencia que asumieron las leyes electorales al obligar a cada organización que pretendiera actuar políticamente, a registrarse y “actuar bajo la ley” como partido político. Esto se logra, según el autor, desde la ley electoral de 1911. Cf. Moreno, op. cit. Finalmente, para una evaluación más contemporánea sobre estos temas en aquella época, todo lo que no estaba registrado o previsto bajo las “leyes electorales” no fue tomado en cuenta por el análisis de Moreno. Su trabajo, finalmente, no tiene objetos concretos de análisis, y fue apostado en términos fundamentalmente teóricos, cargados de contenido jurídico, y también en términos históricos.
42 Este compromiso que tuvo la sociología mexicana con el poder político mexicano se observa concretamente en el hecho de que el patrocinio y financiamiento del congreso, al igual que sus antecesores y predecesores, en su undécima edición, estuvo a cargo del gobernador del estado anfitrión: el priísta Norberto Treviño Zapata. Tómese en cuenta además que la obra completa, en su decimoprimera publicación, estuvo dedicada a este gobernador.
43 Óscar Uribe Villegas, “Fragmentos para una crónica glosada del decimoprimer Congreso Nacional de Sociología”, en Estudios Sociológicos. (Sociología de la política). Decimoprimer Congreso Nacional de Sociología, IIS, UNAM, México, 1960, p. 29.
44 Véase el discurso inaugural de este congreso nacional a cargo de Lucio Mendieta y Núñez intitulado “Importancia y trascendencia de la política”, en ibidem, pp. 85-91.
45 El temario original del congreso consideró ocho secciones, en las que se agruparon todos los trabajos expuestos. La primera se intituló “Teoría política”, en la que, según los temas, se buscaba constituir los preliminares de un estudio científico o sociológico del fenómeno político; la segunda se nombró “Interacciones políticas”, donde, de acuerdo a los trabajos, se trataba de relacionar la dimensión política con otros fenómenos (la educación, el derecho, el estado, las clases, las finanzas, etc.); la tercera se intituló “Tipología política”, en la que, conforme en los títulos de los trabajos expuestos, se trataba de analizar fenómenos concretos; la cuarta tuvo como nombre “Patología política”, que, según los temas, consistía en estudiar las “interferencias” o “desviaciones” de los fenómenos políticos (tales como la corrupción, el fraude, la simulación, el crimen, la delincuencia o la demagogia políticas); la quinta se nombró “Política nacional”, donde, de acuerdo a los temas, se pretendía analizar la política en México (como el partido político, la propaganda, el régimen presidencialista, las elecciones, la prensa, la libertad de opinión, la opinión pública, entre otros); la sexta se intituló “Política internacional”, en la que, según los títulos, se trataba de analizar temas particulares en el ámbito internacional; la séptima se nombró “Política latinoamericana”, donde, conforme en los títulos de los trabajos, se estudiaba fenómenos particulares de la región; y, finalmente, la octava se intituló “Temas varios”, en la que no había un tema definido.
46 En orden alfabético por autor, fueron: “Situación de la democracia: las instituciones políticas de Occidente en el mundo del siglo XX”, de Raymond Aron (Filósofo, Francia); “Aspectos sociológicos de la política democrática”, de Roberto Cuba Jones (Asociación Mexicana de Sociología); “Democracia integral, posición propia de Latinoamérica”, de Víctor Manzanilla Schaffer (Facultad de Derecho-UNAM); “Estudio de la democracia”, de Ángel Modesto Paredes (Jurista, Ecuador); “Los partidos políticos y la democracia. Dictadura del partido único”, de Roberto Pérez Patón (Jurista, Universidad de la Paz); y, finalmente, “Democracia de grupo”, de Silvia Rendón (Universidad Veracruzana).
47 Si bien en el artículo del filósofo francés se consideró a la región latinoamericana, fueron los países europeos y los norteamericanos el objeto principal del texto.
48 Pese haber sido fundada la ENCPS en 1951, el congreso nacional de 1960 no difundió o no hubieron trabajos de sociólogos mexicanos propiamente sobre este objeto particular. Así, el análisis de la democracia en México y en la región latinoamericana presentados en este congreso siguió siendo producto de los esquemas de visión, apreciación y percepción de los abogados ligados a Mendieta y Núñez.
49 Cf. A. M. Paredes, “Estudio de la democracia”, en ibidem, pp. 205-216; R. Pérez Patón, “Los partidos políticos y la democracia. Dictadura del partido único”, en ibidem, pp. 267-289; S. Rendón, “Democracia de grupo”, en ibidem, pp. 301-306; y V. Manzanilla Schaffer, “Democracia integral, posición propia de Latinoamérica”, en ibidem, pp. 237-248. Éste último trabajo fue recopilado posteriormente en un libro del autor y publicado un año después, en 1961, bajo el título Los signos de nuestro tiempo. Extrema izquierda y democracia integral, Libros de México, México, 1961, 76 p.
50 Cf. A. M. Paredes, “Estudio de la democracia”, op. cit.; R. Pérez Patón, “Los partidos políticos y la democracia. Dictadura del partido único”, op. cit.
51 Cf. A. M. Paredes, “Estudio de la democracia”, op. cit.; R. Pérez Patón, “Los partidos políticos y la democracia. Dictadura del partido único”, op. cit.; V. Manzanilla Schaffer, “Democracia integral, posición propia de Latinoamérica”, op. cit. Tómese en cuenta además que todos estos artículos no refirieron mínima bibliografía y sus “aparatos críticos” fueron igualmente escasos.
52 El político consistía en propugnar la igualdad entre las naciones y el derecho a la libre autodeterminación; propugnar por la paz internacional y promoverse por la solución pacífica de los conflictos por medio de instancias supranacionales; reclamar la renovación de los gobiernos y la defensa de los derechos de las minorías; propugnar por un sistema de partidos libres; y exigir la separación entre los “poderes espirituales y temporales”. El social trataba en exigir el mejoramiento de las condiciones de vida de todos los sectores; perseguir la cabal igualdad en la distribución de la riqueza; propugnar por el “progresismo social”, en el que, sin movimientos bruscos ni violentos, las instituciones sociales evolucionen; proclamar la defensa y el respeto a las garantías individuales y de los derechos humanos; finalmente, defender la opinión pública. El económico consistía en la defensa de los recursos naturales nacionales; en la promoción de la intervención del estado en la economía; aceptar dos tipos de patrimonio, el público y el privado; promover la iniciativa privada; exigir la distribución equitativa de la riqueza; y propugnar por la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas. El cultural consistía en reconocer los diferentes orígenes de los pueblos actuales latinoamericanos. Y el jurídico trababa en expresar, en un sistema jurídico, todos los anteriores aspectos, necesidades y exigencias. Véase Manzanilla, op. cit.
53 La primera institución consistía en fomentar la reflexión en los grupos sociales, no imponiendo ni determinando unilateralmente los temas, sino convenciendo. El poder que ejerce el periodismo, por ejemplo, debía ser controlado y debía ser él mismo responsable de sus trabajos periodísticos. Los que no cumplieran estos deberes, no podían considerárseles democráticos. La segunda institución, por otra parte, estaba obligada a la divulgación de los problemas políticos existentes; por lo tanto, los partidos políticos debían tener una clara doctrina de gobierno, y debían proclamar un programa de acción concreto. Aquella situación política en la que no se cumpliera lo anterior, no satisfacía las condiciones democráticas. La tercera institución vista desde una postura liberal, establecía el total distanciamiento y abstención del poder espiritual frente a los poderes temporales. Ello se exigía para hablar de una situación democrática. La cuarta institución consistía en la total representación de los gobernados, sea cual sea el sistema de gobierno imperante. Sólo así se estaba frente a una situación democrática. Véase, Paredes, op. cit.
54 La explicación que ejemplificaba esta situación de la mejor manera fue tomada del jurista Hans Kelsen: “ ‘El estado democrático es un estado de partidos. Sólo por ofuscación o dolo puede sostenerse la posibilidad de la democracia sin partidos políticos’ ”, Pérez Patón, op. cit., p. 272.
55 Rendón, op. cit., p. 305.
56 Lombardo Toledano, op. cit., pp. 64-65.
57 Cf. ibidem, p. 68.
58 De hecho, y como bien destaca Aurora Loyo, las críticas se generaron en el ámbito intelectual en dos sentidos: el político y el económico. El primero de ellos centrado principalmente en los caminos de la revolución y cuyas principales figuras fueron Jesús Silva Herzog, Gastón García Cantú, Manuel Germán Parra, entre otros. En tanto que, desde una perspectiva económica, Juan Noyola, Horacio Flores de la Peña, Edmundo Flores, Alonso Aguilar, Ifigenia Martínez y Víctor Urquidi centraron sus criticas en el modelo desarrollista. Cf. Loyo et al., op. cit. En la práctica, fueron varias las propuestas que pusieron en duda el papel del estado y su partido. Como recuerda el mismo González Casanova, las huelgas de finales de los cincuenta reflejaron ya su inconformidad con el régimen y tuvieron entre sus principales objetivos recuperar la independencia sindical. Protestas como la del sector médico en 1964 pueden ser consideradas en el mismo sentido. Para un panorama general del contexto nacional en la década de los sesenta véase Luis Medina Peña, Hacia el nuevo estado, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, 362 p. 2ª ed.
59 “Sus cabezas primeras —escribe Medina Peña— fueron Carlos Fuentes, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero y Francisco López Cámara, escritor el primero, académicos y fundadores de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas los tres restantes. La nueva izquierda fue procubana, prodemocrática, antipriísta, antiimperialista, cosmopolita, universitaria y emprendedora. Sus miembros principales, que se dieron a conocer escribiendo para la Revista de la Universidad, fundaron El Espectador en mayo de 1959, para luchar con la pluma en ristre a favor del respeto a la Constitución y el voto, la implantación de la democracia sindical y el establecimiento de verdaderos partidos políticos. En las páginas de esa revista se les unieron pronto el filósofo Luis Villoro y el escritor Jaime García Terrés. Poco tiempo después, en mayo de 1960, el grupo debutó en forma prominente en las páginas de la revista Política, fundada por Manuel Marcué Pardiñas con el fin de promover el diálogo de la izquierda y su eventual unificación. En 1961, la nueva izquierda universitaria apareció de la mano de Lázaro Cárdenas suscribiendo el manifiesto que llamó a la formación del Movimiento de Liberación Nacional y que se fundó con el propósito de proporcionar una organización cúpula a toda la izquierda. En un par de años, como consecuencia del sectarismo y capillismo de toda la izquierda mexicana, el grupo se alejó tanto del MLN como de la revista Política. Para 1964, se encontraba replegado en el claustro universitario, con el salón de clases como centro de acción política”, Medina Peña, op. cit., pp. 203-204.
60 Si hemos considerado el año de 1965 es sólo por la aparición de la obra de González Casanova, pero teniendo en cuenta que ésta es expresión de un cambio en el espacio de las ciencias sociales y debido también a que el análisis termina en ese año, pretendiendo inferir algo de este cambio a partir de la obra.
61 Las discusiones en torno a la definición de la Universidad frente al estado adquirieron un matiz más académico en 1933 durante la famosa disputa entre Alfonso Caso y Lombardo Toledano. En aquel momento, Lombardo Toledano defendía una postura que consideró acorde con el proceso de consolidación de la revolución mexicana, estableciendo un puente entre el estado y la Universidad. En tanto que Caso, cuya propuesta englobaba en cierto sentido a la de Lombardo Toledano, propugnó por una universidad cuya autonomía asegurara la independencia del pensamiento respecto de los llamados poderes fácticos y evitara así una suerte de sectarismo. En un contexto como en el que se produce la disputa, esta última propuesta resultaba francamente opuesta a los intereses del estado.
62 La protesta de los estudiantes fue debido a que la junta de exrectores sólo solicitó al gobierno provisional la revisión y modificación del estatuto de la Universidad y no la formulación de una nueva ley orgánica. Asimismo expresaron su descontento por la desproporción en el consejo universitario, la formación de la junta de gobierno y la centralidad de sus decisiones.
63 Cf. Sergio Colmenero, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales 1951-2001, FCPS, UNAM, México, 2003, pp. 33-51.
64 El primer plan de estudios de la ENCPS es reproducido en ibidem, pp. 44-49. La división de las materias según su orden de importancia ha sido tomada de Olvera, op. cit., pp. 178-179.
65 Olvera, op. cit., p. 179.
66 Para una descripción más detallada de esta primera etapa de la ENCPS véase Colmenero, op. cit., pp. 33-78.
67 Ricardo Pozas, “Pablo González Casanova 1957-1965”, en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, México, FCPS, UNAM, año. 30, núm. 115-116, nueva época, enero-junio, pp. 22-30.
68 Ibidem, pp. 25-26.
69 Estos y otros cambios ocurridos durante la dirección de González Casanova al frente de la ENCPS en Colmenero, op. cit., pp. 79-115.
70 Cf. Lorenzo Meyer, “El espejo de Don Pablo”, http://www.noticias-oax.com.mx/articulos.php?id_sec=5&id_art=38057&id_ejemplar=973 o Marcos Roitman Rossenman, “Pablo González Casanova: La democracia en México”, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=25855
71 Cf. “Pablo González Casanova”, en Los intelectuales en México, El Caballito, 1980, México, pp. 134-163.
72 Cf. Víctor Flores Olea, “Reflexiones nacionales (A propósito de La democracia en México), de Pablo González Casanova”, en Revista de Ciencias Políticas y Sociales, México, FCPS, UNAM, año 11, núm. 42, oct-dic, 1965, pp. 521-561.
73 Ibidem, p. 521.
74 Será necesario insistir nuevamente en que toda la obra de González Casanova es problematizable (si se quiere, refutable o, mejor dicho, corregible) desde “Palabras preliminares” hasta el cuadro estadístico 65 expuesto. Pero para llevar a cabo el round y salir victorioso, habrá que concurrir con el capital mínimo en esa obra invertido: teoría sociológica de diversos orígenes; uso, manejo e interpretación de investigaciones económicas y etnográficas; y documentación e interpretación de datos oficiales referentes a diversos tópicos, principalmente indicadores de participación electoral y política, y de marginalidad económica, política y cultural.
75 Cf. Pablo González Casanova, La democracia en México, op. cit., p. 223.
76 El cual encontraba su explicación sociológica en las “múltiples funciones” que tenía que ejercer el gobierno ante unos factores reales de poder y las presiones y amenazas internacionales que sufría un país posicionado desfavorablemente en la “dinámica externa de la desigualdad”, cf. ibidem, pp. 85-88.
77 Es significativo lo que apuntaba el autor, para principios de 1960, con respecto al poder que tenía este “factor”. Se afirmaba, por ejemplo, que más del 75% de los ingresos nacionales pertenecían al sector privado, tanto nacional como extranjero, y en su interior, más del 50 iba a este último. La proporción de este sector con respecto a la población total era del 0.5 %. Ahí se encontraba el límite más ilustrativo de la concentración de poder del ejecutivo, cf. ibidem, pp. 62-70.
78 De muchos posibles, un indicador que permitía observar el “efecto dominio” de los Estados Unidos sobre México era el porcentaje que representaban sus inversiones. Más del 60% del capital extranjero invertido, desde el gobierno de Cárdenas, era estadounidense, y la tendencia que se vislumbraba es que seguiría aumentando. Por otra parte, más del 50% del financiamiento provenía de aquel país; además, más del 60% de las importaciones, desde el gobierno de Calles, venían del país del norte, y más del 50% de las exportaciones, en el mismo periodo, se dirigían hacia EU. A esto se añadía una serie de factores culturales, como las revistas, periódicos o películas estadounidenses de circulación en el país. Se agregaba, también, como parte integrante de ese “efecto dominio”, los ingresos producto del turismo y las remesas provenientes de EU, cf. ibidem, pp. 72-81.
79 México, como país en subdesarrollo y, por tanto, sin clases sociales plenamente constituidas, afirmaba González Casanova, no se explicaba por medio de ellas, sino a través de este mecanismo relacionado con el conjunto de la estructura social nacional. El colonialismo interno se desarrolla ejemplarmente en la relación que se establece entre los grupos “blancos, mestizos o ladinos”, con sus leyes constitucionales que le sirven, y los grupos indígenas, con sus leyes tradicionales. Véase una exposición detallada de esta relación en ibidem, pp. 89-126. El problema indígena, afirmaba el autor, es un problema fundamentalmente de colonialismo interno. Por otra parte, un estudio más actual de este fenómeno propio de los países subdesarrollados y en donde las deudas con los precursores de esta categoría de análisis se dejan claras, puede verse en Pablo González Casanova, “Colonialismo interno, una redefinición”, en Revista Rebeldía, México, núm. 12, octubre, 2003.
80 Una de las cuestiones que más preocuparon al sociólogo sobre el México marginal, desorganizado, no informado, quieto y silencioso, fue su posible manifestación de inconformidad ante su situación. La indagación al respecto exponía que la posibilidad tomaba en cuenta una mezcla de formas tradicionales de súplica y petición, y formas republicanas de demanda, en donde operaban intermediarios paternalistas, verdaderas instituciones sociales no representativas (llamadas “padrinos”, “valedores”, “tatas”, “compadritos” o “coyotes”), cuya dinámica se caracterizaba por una “weltanschauung religiosa” y no por una presión o negociación propias de la sociedad política moderna. Véase ampliamente en ibidem, pp. 144-160.
81 Cf. ibidem, p. 115.
82 De hecho había suma regresión en el caso del salario real y no había indicios de una modificación sustancial en las leyes fiscales, además, las reinversiones del capital extranjero habían disminuido en los inicios de 1960, cf. ibidem, pp. 163-179.
83 Se trataba de “...idear formas de democracia interna dentro del propio partido gubernamental, instituciones parlamentarias en que obligatoriamente se controle el poder económico del sector público, instituciones representativas que incrementen la manifestación de ideas de los grupos minoritarios políticos y culturales, incluidos los grupos indígenas; instituciones que fomenten los periódicos de partido y la representación indígena; instituciones que fomenten la democracia sindical interna y las formas auténticas de conciliación y arbitraje, es decir, formas de gobierno nuevas que aprovechen la experiencia nacional y la lleven adelante en un acto de creación política, cuya responsabilidad queda en manos de la propia clase gobernante y sobre todo de los grupos políticos e ideológicos más representativos de la situación nacional”, ibidem, p. 173.
84 Cf. “El análisis marxista”, ibidem, pp. 186-206, y “El análisis sociológico”, en ibidem, pp. 207-222. La democracia en México, en relación al uso del primer tipo de análisis, iniciaba en el ámbito sociológico la recuperación o la reivindicación tanto de su sentido crítico, recurrente en otro tipo de espacios (el periodístico o el político de izquierda), así como de su sentido científico, otro envite que será objeto de combate por varias décadas en las ciencias sociales en México y América Latina, véase por ejemplo, R. Farfán Hernández, “La contribución de Pablo González Casanova a la formación de una teoría crítica de la sociedad en México (1966-1970)”, en Sociológica. La sociología en México. Una aproximación histórica y crítica, México, UAM-A, año 9, núm. 24, enero-abril, 1994, pp. 51-89.